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sábado, 6 de junio de 2026

El besamanos de la Maestranza

 Por Mauricio Berho



Hay fotografías que nacen de una búsqueda consciente y otras que aparecen de improviso, como si la realidad decidiera de pronto revelar algo que permanecía oculto. La tarde del Corpus en la Maestranza yo observaba el ruedo con la atención habitual de quien lleva toda una vida en todas las plazas del mundo. Morante acababa de firmar una actuación importante, una de esas tardes que alimentan la conversación de los aficionados y que explican por qué sigue siendo, muy por encima de cualquier discusión estadística, la figura dominante del toreo contemporáneo. Mientras la plaza seguía inmersa en la emoción del momento y los areneros comenzaban su trabajo silencioso, ocurrió algo inesperado. Uno de ellos abandonó por unos segundos su tarea, se acercó al torero y tomó su mano para besarla.

No fue un gesto teatral. Tampoco buscaba la aprobación de nadie. Ocurrió con la naturalidad de los actos sinceros, de esos movimientos que nacen antes del pensamiento. Recuerdo perfectamente el instante en que llevé la cámara al ojo. Algunas veces el fotógrafo dispara sin saber exactamente qué está viendo. Otras, en cambio, comprende de inmediato que la imagen contiene algo que desborda el simple hecho que está ocurriendo delante de él. Mientras encuadraba aquella escena tuve la sensación de asistir a algo extraordinario, no por espectacular, sino por profundamente revelador. Lo que aparecía ante mis ojos no era únicamente la celebración de una faena ni el reconocimiento a un triunfo. Era la expresión visible de un fenómeno que desde hace años viene creciendo alrededor de José Antonio Morante de la Puebla y que quizá ninguna imagen había sido capaz de plasmar con tanta claridad en una fotografía.

El besamanos pertenece a un lenguaje antiguo. Durante siglos fue una forma de reconocimiento reservada a determinadas figuras cuya autoridad trascendía la condición ordinaria de los hombres. Se besaba la mano de los reyes porque representaban una institución. Se besaba la mano de los pontífices porque encarnaban una autoridad espiritual. Se besaba la mano de los padres como expresión de respeto y gratitud. El gesto podía variar según las épocas y los países, pero conservaba siempre el mismo significado profundo: quien inclinaba la cabeza reconocía en el otro una dimensión que consideraba superior a la suya. Por eso resulta tan sorprendente encontrar esa imagen en una plaza de toros del siglo XXI. Porque no estamos hablando de un monarca ni de un pontífice. Estamos hablando de un torero.

Quizá sea precisamente ahí donde la fotografía encuentra toda su fuerza. Porque el hombre que besa la mano no es un aficionado arrebatado por la emoción del momento. No es un comentarista predispuesto a la exageración ni un partidario dispuesto a convertir cualquier detalle en una leyenda. Es un arenero. Un hombre cuya vida profesional transcurre sobre la misma arena que pisa el torero. Un testigo silencioso de cientos de corridas, de miles de toros, de triunfos inolvidables y de derrotas irreparables. Un hombre que ha visto pasar generaciones enteras de figuras y que probablemente conoce mejor que muchos aficionados la diferencia que existe entre la fama pasajera y la verdadera grandeza.

 Durante los últimos años he reflexionado a menudo sobre lo que algunos llaman la religión morantista. He escrito incluso sobre los riesgos que acompañan a toda devoción cuando pierde la medida. Porque sigo pensando que el calificativo de histórico debe reservarse para aquellas tardes que verdaderamente alteran el curso de las cosas. La historia del toreo necesita jerarquías. Necesita distinguir entre una obra maestra y una obra notable. Necesita preservar el carácter excepcional de las grandes revelaciones para que el tiempo no termine erosionándolas. Cuando todo es extraordinario, nada acaba siéndolo. Cuando cada tarde se proclama definitiva, las tardes verdaderamente definitivas terminan perdiendo parte de su brillo.

Y, sin embargo, aquella fotografía me obligó a mirar el fenómeno desde otra perspectiva. Porque una cosa es discutir la dimensión exacta de una faena y otra muy distinta es negar la dimensión del personaje. Morante ha alcanzado un territorio donde ya no basta el análisis técnico ni la contabilidad de los trofeos. Su influencia pertenece a una esfera más compleja, más emocional y también más cultural. Su manera de entender el toreo, su capacidad para conectar con la tradición más profunda de este arte y para devolverle una estética que parecía olvidada, han terminado convirtiéndolo en algo más que una figura del escalafón. Se ha transformado en un símbolo de nuestro tiempo.

La diferencia que mantiene con el resto de los toreros de su época resulta tan evidente que incluso en tardes menores aparecen destellos que otros no alcanzan en sus jornadas más inspiradas. Eso no significa que todo cuanto haga merezca la categoría de acontecimiento histórico. Significa algo mucho más interesante: que su sola presencia ha modificado la forma en que una parte de la afición vive y siente el toreo. Los mitos nacen precisamente así. No cuando dejan de ser hombres, sino cuando empiezan a representar algo que los supera. Morante sigue siendo un hombre, con sus aciertos y sus sombras, pero alrededor de su figura se ha construido una dimensión colectiva que desborda ampliamente los límites de una corrida de toros.

Por eso, al contemplar hoy esta fotografía, tengo la impresión de que el verdadero protagonista no es el arenero ni siquiera el propio Morante. El verdadero protagonista es lo que ocurre entre ambos. Ese espacio invisible donde la admiración se convierte en símbolo. Ese instante en que un gesto antiguo reaparece de forma espontánea para revelar una verdad contemporánea. Porque quizá dentro de unos años nadie recuerde exactamente cuántas orejas cortó Morante aquella tarde del Corpus. Tal vez los detalles de la faena se vayan difuminando poco a poco en la memoria colectiva. Lo que sospecho que permanecerá es esta imagen.

Permanecerá porque no habla únicamente de una tarde de toros. Habla de un tiempo, de una sensibilidad y de un fenómeno humano extraordinario. Habla del momento en que un trabajador anónimo de la Maestranza sintió la necesidad de rendir homenaje, mediante un gesto reservado durante siglos a reyes, pontífices y padres, a un hombre cuya influencia ya no puede explicarse únicamente desde la tauromaquia. Y quizá sea ahí donde reside la verdadera importancia de esta fotografía. No en el beso de una mano, sino en la revelación de lo que esa mano representa para quienes la contemplan.

Las orejas pertenecen a las tardes. Los símbolos pertenecen a las épocas. Y aquel besamanos furtivo sobre la arena de Sevilla hablaba menos de lo que acababa de ocurrir en el ruedo que de lo que José Antonio Morante de la Puebla representa hoy en el imaginario colectivo de miles de personas. La fotografía no demuestra que aquella corrida fuera histórica. Demuestra algo mucho más difícil de explicar: que estamos asistiendo al raro momento en que un torero vivo ha dejado de ser únicamente un torero para convertirse en un mito. 

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