Feria de San Isidro.Por Antonio Lorca.
Cantaor, número 79, negro listón, de 572 kilos de peso, nacido en Madrid en noviembre de 2020, en la ganadería de Victoriano del Río, es, hasta hoy, el toro de la feria y de muchas ferias. Una pena que su cuerpo esté colgado ahora en una fría cámara y dispuesto para ser fileteado y vendido en una carnicería. No hay derecho, y es injusto que un animal de su categoría no tuviera la oportunidad de volver a la dehesa para esparcir sus extraordinarias cualidades a varias generaciones de toros bravos.
Cantaor, lidiado en cuarto lugar, ha devuelto la fe en la fiesta de los toros, ha engrandecido la tauromaquia, y ha permitido que se mantenga la esperanza de que este espectáculo tendrá futuro mientras sigan apareciendo por toriles ejemplares de tan singular categoría.
¿Pero cuáles han sido las virtudes para que Cantaor haya sido elevado a los altares?Un toro bien presentado, astifino y bonitas hechuras. Acudió con boyantía al capote de Castella, y su pelea en varas fue desigual. Empujó con la cara a media altura en el primer encuentro y se metió literalmente debajo del caballo en el segundo. De algún modo, está justificado, pues ya se sabe que hace tiempo que los ganaderos no seleccionan por la bravura ante el picador sino por la duración en la muleta. Acudió con celeridad en banderillas y permitió el lucimiento de José Chacón.
Y llegó el tercio de la muleta.
Estaba Cantaor recogido junto a las tablas mientras el torero se colocaba ceremoniosamente en el centro del ruedo. En cuanto el toro lo vio, galopó a su encuentro y fue recibido con un pase cambiado por la espalda, otro con la mano zurda, varios naturales largos después, una trincherilla y un largo pase de pecho. Esa fue la presentación oficial de un toro bravo, de encastada nobleza, que ya en esas primeras embestidas dejó claro que estaba dispuesto a comerse la muleta.
Lo citaron de largo en la siguiente tanda por el lado derecho, y el animal no titubeó. Allá que se fue veloz hacia el engaño rojo, con fijeza, humillación, ritmo, transmisión y una alegría que se esparció por toda la plaza.
Los tendidos aplaudían con delirio la limpieza de los muletazos, pero era la brava condición del animal la que brillaba y sobresalía en la pelea. Hubo otra tanda por redondos y dos más con la mano izquierda, y los naturales brotaron con espectacular belleza por su largura y profundidad, fruto de la pericia del torero y de la vibración, la codicia y el recorrido de Cantaor.
En esos momentos, la plaza de Las Ventas era una fiesta, y unas ceñidas bernadinas dieron paso al momento culminante de la tarde. Un toro tan combativo y bravo merecía una muerte pletórica de grandeza, pero no hubo lugar; un feo pinchazo, avisos, descabellos… manchas que enturbian un derroche de felicidad.
Sebastián Castella estuvo todo lo bien que puede estar un torero que no ha destacado por sus dotes artísticas, pero no desentonó. Limpieza y ligazón en los muletazos, solemne, ritual y reconociendo en todo momento la calidad de su oponente. No debe ser fácil estar a la altura de un toro así. El error de Castella fue atreverse a dar la vuelta al ruedo tras sus reiterados fallos con el descabello. Un torero se tapa en el callejón y hasta la próxima.
La vuelta al ruedo apoteósica fue la que le dieron a Cantaor, con la plaza puesta en pie para rendirle los merecidos honores al rey de la fiesta.
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