Málaga, plaza de toros de primera y tercera de España
Una corrida de admirable trapío, brava, encastada y exigente de Victorino Martín salva una feria tan divertida y generosa como intrascendente.
Por ANTONIO LORCA.
Benditos victorinos! ¡Bendito aquel a quien se le ocurrió que volvieran a la feria de Málaga tras doce años de ausencia! Gracias a esos toros cárdenos, de deslumbrante estampa, mirada desafiante, fiereza en las entrañas, casta desbordante y un interminable afán de lucha se ha salvado la Feria de Málaga, que estaba en un tris de morir de un éxito tan divertido como intrascendente.
La Diputación Provincial, propietaria de la plaza, y Alberto García, el nuevo empresario, están seriamente empeñados en que el coso de Málaga, de primera categoría según el Reglamento Taurino andaluz, junto a los de Sevilla y Córdoba, sea el tercero de España, -tras Las Ventas y La Maestranza-, por el prestigio, la seriedad (el toro y la exigencia de la autoridad y de los tendidos) y la repercusión de los festejos que allí se celebran.
Pero no parece que ese objetivo sea fácil de conseguir porque existen determinadas fuerzas y circunstancias que trabajan a destajo para que Málaga sea el reflejo de una plaza turística y no ese centro de referencia de cultura taurina a la que se aspira.
Lo sucedido en la recién finalizada feria así lo confirma; al menos, hasta que este viernes pasado llegaron los victorinos, pusieron patas arriba el ciclo y dijeron a viva voz que todo lo que había sucedido hasta entonces era un simulacro de la fiesta de los toros, que ha estado basado en tres pilares fundamentales: un toro sin trapío, un palco presidencial volátil y un público generoso y jaranero.
Hasta entonces, hasta ese viernes, se habían cortado 17 orejas, y habría que buscar con lupa cuántas alcanzaron la consideración de meritorias; de ellas, dos de una tacada pasearon el rejoneador Diego Ventura y los matadores de a pie David de Miranda, Marco Pérez, Emilio de Justo y Fortes. Y no hay que ser muy exigentes para afirmar que solo las que recibió Ventura respondieron con justicia a lo realizado en el ruedo. Las demás, regalos de unos tendidos rendidos a la diversión y encabezados por un palco presidencial sin criterio. Se puede ser torerista, pero no hasta ese extremo.
Es prácticamente imposible alcanzar el loable objetivo del prestigio (plaza de primera y tercera de España) si no existe una afición exigente con la pureza y la integridad, sabia y generosa a un tiempo, que defienda los valores fundamentales de la tauromaquia clásica. Y en Málaga, como en el resto de las plazas de este país, es tan minoritaria que su presencia pasa inadvertida.
En segundo lugar, el toro. Ricardo, uno de los hijos del ganadero Victoriano del Río, dijo el miércoles en una tertulia malagueña que “los toreros son los que mandan y exigen”. Así se explica que a Málaga hayan acudido algunas de las ganaderías más bonancibles del mercado: Lagunajanda, Juan Pedro Domecq, El Parralejo, Victoriano del Río, Núñez del Cuvillo, Garcigrande y Torrealta, y ninguna de ellas haya destacado ni por presentación ni juego.
Aunque no esté de moda, el toro es el gran protagonista que da sentido a esta fiesta, que se llama, precisamente, “de los toros”, y que hoy, por imposición de los taurinos, se ha convertido en la “de los toreros”.
El toro lidiado en esta feria de Málaga, justo de presencia, de carácter bonancible y escasa fortaleza, a semejanza del de La Maestranza, es incapaz de crear la emoción inherente a este espectáculo, y sin la cual carece de todo sentido. Los pañuelos que han flameado en estos tendidos no respondían a la pasión de la intensidad de la lidia, sino a un exagerado interés por justificar el precio de las entradas con una desmedida diversión cuantificada por el número de orejas concedidas.
Y el palco. Se suponen el conocimiento y la buena voluntad de los presidentes, pero no son ambas condiciones suficientes para dirigir un festejo taurino. Las dos personas que han asumido esta responsabilidad en Málaga han dado muestras de una preocupante debilidad, incapaces de aguantar la presión de los tendidos para mantener el prestigio anhelado.
Así, llegó el viernes 21, los toros de Victorino provocaron la revolución y el tercero, de nombre Borracho, número 53 y 587 kilos, recibió los honores de la vuelta al ruedo. Si muchas corridas salieran como esta, más de la mitad del escalafón estaría en su casa. Que se lo pregunten, si no, a Escribano, Emilio de Justo y Fortes, que sudaron la camiseta de verdad para salir airosos de un durísimo compromiso para el que, sin duda, no están acostumbrados los toreros de hoy.
Manuel Escribano es un héroe contrastado sin el justo y merecido reconocimiento en una tauromaquia que valora la estética por encima de todo. Protagonizó una verdadera gesta (fue herido en una pierna por el primer toro y pidió a sus compañeros y a la autoridad matar al cuarto en segundo lugar antes de entrar en la enfermería), y pasó por la Feria de Málaga como un auténtica figura del toreo.
Emilio de Justo salió por segunda vez a hombros por la Puerta Grande tras una actuación memorable en la que los victorinos pusieron a prueba su capacidad como torero; y segunda salida en triunfo, también, para el malagueño Fortes, torero muy querido en su plaza, que estuvo a la altura de un victorino de vuelta al ruedo.
Fue una tarde preñada de emociones, una corrida de las que prestigian una feria.
Claro que Málaga no es una isla solitaria. La tauromaquia actual está desnaturalizada por ese público moderno, entusiasta y con nula formación taurina, mayoritario en todas las plazas, que ha conseguido bajar el listón de la exigencia en Sevilla y Madrid, que son los referentes de la fiesta.
Y el ciclo se cerró ayer con la corrida conmemorativa del 150 aniversario de la plaza, construida en 1876. Toros de tres ganaderías, Torrealta, Garcigrande y Núñez del Cuvillo (una limpieza de corrales en toda regla), una vuelta a la nobleza sin celo, a la insufrible mansedumbre y a la bondad no exenta, claro está, de riesgo. Morante sufrió un tremendo volteretón a la salida de un natural. El cuarto, de Garcigrande, lo enganchó por la parte baja de la taleguilla, a la altura de la tibia de la pierna derecha, lo levantó y lo estampó contra la arena; allí lo zarandeó por la espalda, primero, y quiso empitonarlo con saña, después, en el pecho y en la cara hasta que pudo ser auxiliado por sus compañeros. No resultó herido, pero sí magullado y dolorido, de modo que renunció a dar la vuelta al ruedo con la oreja que le concedieron. De sus muñecas surgieron los destellos más sublimes con el capote y la muleta; Roca Rey y David de Miranda salieron a hombros tras cortar tres y dos orejas, respectivamente, ganadas valerosamente ante animales descastados.
En resumen, sin toros que transmitan miedo y respeto al tendido, sin una afición sabia y generosa y sin un palco con autoridad contrastada es imposible hacer realidad el loable objetivo de la Diputación Provincial y Tauroemoción, la nueva empresa. La fiesta de los toros, hoy y siempre, carece de sentido sin rigor.

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