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viernes, 11 de septiembre de 2020

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA MUERTE DEL TORO Y EL INDULTO

 

    POR SANTI ORTIZ.

 Así como el arte queda inserto dentro de la cultura, y el toreo dentro del arte, la muerte del toro hemos de contemplarla como un elemento de la lidia. No como un elemento más, sino como colofón del último acto del drama. Su sublime punto final.

     La triple vertiente del toreo –rito, enfrentamiento y arte– confluye en esta última y definitiva suerte para hallar en ella su completitud y culminación. Como rito, la ejecución de la estocada supone el acto postrero que da término a la secuencia de acciones que configuran el ritual de la lidia. Como enfrentamiento, marca el extremo donde la lid encuentra su desenlace. Es el duelo final; el momento más dramático e intenso. Es el acto donde más se evidencia la ética que lleva al hombre a la renuncia de su superioridad para darle chance al toro; porque al toro no se le mata de cualquier manera. No se le abate con un fusil de mira telescópica desde una distancia que garantice la impunidad de su matador. Ni se le atraviesa el corazón con una flecha lanzada a prudencial distancia con una ballesta. No. Al toro se le mata utilizando una espada y un trozo de tela. Y no a traición, sino frente a frente y teniendo que sortear –a veces por milímetros– la muerte que el toro lleva en sus pitones. Las reglas morales del toreo dictan que para tener derecho a matar al toro hay que darle ocasión de que te mate, esto es: si  quieres matar al toro tienes que estar dispuesto a morir. Así de tremendo, pero así de sublime. Por último, como arte, la consumación de la estocada genera una composición de dramática belleza. En el brutal encontronazo de los dos contendientes, existe una fuerza irresistible que se eleva como forma final y decisiva, como el desenlace trágico de una experiencia estética donde la muerte y la vida se cruzan en su misma frontera.

     De este modo, debemos entender que, sin la muerte del toro, toda la lidia, todo lo que el toreo tiene de rito, de enfrentamiento y de arte, quedaría inconcluso y, en consecuencia, carente de sentido. Y no sólo la lidia, sino todo lo que el toro es y supone para el hombre. Criado y seleccionado culturalmente para la lucha en la plaza, para morir en ella –toros de muerte son y a la muerte van–, se ven rodeados del máximo respeto; un respeto que se prolonga aun después de su muerte, cuando aquel que ha peleado con bravura recibe el póstumo homenaje de la afición que, puesta en pie, lo ovaciona o pide para él la vuelta al ruedo con las mulas al paso.

     Todos los galardonados son toros memorables, pero hay algunos de excepcional bravura, prodigada a lo largo de los tres tercios de la lidia, a los que matar sería una afrenta a la preservación de la raza y la casta de las reses. Para estos toros excepcionales, la normativa taurina ha creado la figura del indulto, con el objeto de que, una vez curados de sus heridas, retornen al campo donde se criaron para aportar su simiente como progenitores. El indulto sustituye pues, el colofón de la estocada, no por otra muerte hipócrita y oculta, como se hace en Portugal, sino por la prolongación de la vida del toro a fin de darle la oportunidad de que transmita su excepcionalidad a su descendencia (Que lo haga o no es harto discutible, pero eso daría tema para otro artículo).

     Para situar adecuadamente nuestras reflexiones, partamos de estas dos premisas:

     1ª) El indulto va encaminado a lograr una mejora en las ganaderías. Por tanto, no debe concebírsele como un premio para el torero o el ganadero, sino como una opción tendente a preservar en su máxima pureza la raza y la casta de las reses de lidia.

     2ª) Para hacerse acreedor del indulto el toro debe ser excepcional a lo largo y ancho de su lidia. Por tanto, hay que comprender el indulto como excepción; esto es: como algo realmente extraordinario, que, como tal, tiene ocurrencia en muy contadas ocasiones.

     Todo parece claro y diáfano; sin embargo, como suele ocurrirnos tantas veces, bajo nuestros pies se enmarañan las sendas, y los intereses particulares comienzan a tejer su tela de araña para atraparnos en ella.

     En primer lugar, esa excepcionalidad de la que habla la segunda premisa hace ya años que no se da y es cada vez más frecuente que un toro noble, por el hecho de embestir muchas veces a la muleta, se considere candidato al indulto porque los espectadores  – motu proprio o animado por la clac– así lo demandan. Tanto es así, que es más fácil sorprender al público pidiendo el indulto de un toro que solicitando le den la vuelta al ruedo. Por poner otro ejemplo, en la actualidad es más corriente demandar el indulto que reclamar un rabo para el torero. De hecho, por lo menos en las plazas de primera y segunda categoría,  se indultan más toros que rabos se cortan, ya que el trofeo del rabo sigue siendo una excepción y el indulto no.

     Esta “indultitis” se da más acusadamente en Andalucía que en ninguna otra comunidad autónoma. Según los datos, en el periodo 2000-2019, se indultaron en España 317 reses, de las cuales 131 alcanzaron el perdón naranja en plazas andaluzas, lo que supone un 41,3% del total; o sea, casi la mitad. Es cierto que, en contra de lo que sostenían los comentaristas de Canal Toros y el propio ganadero Victorino Martín, en la corrida del pasado día 8 en Villanueva del Arzobispo, el Reglamento andaluz permite el indulto de toros y novillos con picadores en las plazas de tercera categoría, que es donde más se registran; pero tampoco hay que echar en olvido la corriente de opinión que, desde hace años, se viene fomentando desde el programa taurino de la televisión pública andaluza presentando el indulto del toro como el súmmum de la Fiesta, como lo más deseable, como el colmo de lo máximo que se puede alcanzar en el toreo, ideas que han ido calando profundamente en la nutrida audiencia del programa, que, a la menor oportunidad, como buenos consumidores de la sociedad del espectáculo, buscan ser coprotagonistas –incluso forzando hasta la desmesura la demanda– del indulto de un toro, incluso de más de uno en una sola tarde, como he presenciado en la plaza de Sanlúcar de Barrameda.

     Para mí, el súmmum del toreo está en poner la plaza boca abajo formándole un “lío” muy gordo a un toro con capote y muleta, matarlo por derecho tirándolo sin puntilla de una estocada en el hoyo de las agujas y que el entusiasmo del público pida y obtenga para el torero las orejas y el rabo del animal. Me apresuraré a decir que cada uno tiene sus ideas y es legítimo su derecho a expresarlas; pero cuando se habla desde una tribuna pública hay que ser cuidadoso y no incurrir en la manipulación creando corrientes de opinión que pueden ser nocivas para la Fiesta, como se está viendo con esa proliferación desorbitada de indultos, que nada aportan a la mejora de las ganaderías –fin para el que se crearon– y que si se aceptan de buen grado por toreros y ganaderos es porque, a los primeros, además de ahorrarse el acto siempre peligroso e incierto de matar, automáticamente les llueven de no se sabe dónde –pues ningún reglamento lo contempla– los máximos trofeos sin que ni siquiera el público los pida (En los indultos que se dieron antes de ser reglamentados, esto no ocurría así. 

Puedo citar dos ejemplos: cuando se indultó en La Maestranza el novillo “Laborioso”, de Albaserrada, su presunto matador, Rafael Astola, sólo obtuvo una oreja, previa petición del respetable. Y con el victorino “Belador”, único toro indultado en Las Ventas, Ortega Cano no pasó de dar la vuelta al ruedo). En cuanto al ganadero, aunque el toro indultado no le sirva  para padrear, la mayoría de las veces acepta el indulto como reclamo publicitario y fuente de prestigio. Y eso es lo que está ocurriendo cada vez con mayor frecuencia. Además, se nos está olvidando la mayor: que aunque el indulto tenga que contar con la solicitud mayoritaria del público y la del torero, así como con la conformidad del ganadero o el mayoral de la ganadería; previamente a todo esto, el toro ha debido tener un comportamento ex-cep-cio-nal  en la lidia y, como señala nuestro Reglamento –esto es de risa– “especialmente en la suerte de varas”. Díganme, por ejemplo, qué tuvo de excepcional “Muralista”, el victorino  magníficamente lidiado por Rubén Pinar en Villanueva del Arzobispo, para obtener el indulto. Excepcional, “Cobradiezmos”, de la misma divisa que el anterior, legítimamente indultado en Sevilla, y un “Liviano”, de El Torreón, lidiado por Jesuli de Torrecera, en El Puerto de Santa María, aunque éste último, con una sola vara, no cumplía el requisito de excepcional en los tres tercios de la lidia. Sin embargo, para mí son los dos toros  más merecedores de indulto de todos a los que he visto perdonar la vida.


     Al margen de intereses particulares, en el subconsciente de tanto triunfalismo, veo asomar el colmillo retorcido del animalismo, cuyo discurso es un premeditado generador de complejos, propicio a desembocar en la absurda beatería que padecemos y que, particularmente, hace presa en el aficionado taurino. Bajo su dictado, tenemos que ser tan buenos, tan sensibles, que, en cuanto un toro hace una buena pelea, hay que salvarle la vida, pobrecillo. No nos damos cuenta de que, con esa hipócrita conmiseración, no sólo estamos insultando al toro de lidia –el toro es un guerrero al que se le admira y se le teme, pero nunca se le tiene lástima–, sino contribuyendo a la muerte de la Fiesta.

     El animalismo no le tiene amor al toro –si se abole el toreo, el toro desaparece. Ellos lo saben y les da igual–, sino odio al hombre, al que ven como el causante de todo lo malo que se le hace a la naturaleza, obviando todo lo beneficioso que la naturaleza le debe al ser humano y de lo cual los animalistas son los primeros en hacer uso. Pero, además, detrás de todos estos “buenos chicos”, cruzados contra el maltrato animal, hay un emporio financiero que les pone el mantel, les sirve la comida y paga con dólares y euros el mantenimiento de la “lucha”. Por más que les pese a los incautos, sus mecenas no van buscando el bienestar animal, sino un mayor lucro. Y ni a los astutos mercaderes ni a los cándidos que los secundan, les importa la agonía de las miles de familias que se ganan el pan en torno a la fiesta de los toros. “Al enemigo ni agua”, dirán ellos.

Y lo mismo hemos de decir nosotros. En primer lugar, cuidándonos mucho de admitir un ápice de su discurso. Y en el caso concreto que tratamos, no sintiendo culpabilidad alguna por la muerte del toro. El toreo, incluso en esta época de aguda depuración estética, es un arte duro, lacerante, severo, generador de emociones fuertes e incompatible con los pusilánimes; un arte donde la muerte está presente y hay que mirarle a la cara. Y el que no sea capaz, que no acuda a la plaza. Pero, a los que vayan, hay que recordarles que el toreo cuenta con siglos de sabiduría y de unas reglas éticas y legales que hay que respetar. Cumpla el toro con el destino para el que fue criado. Y si, de pronto, nos topamos con el hecho sumamente improbable de uno que enaltece su casta, en grado de excepcional, con su pelea en el ruedo, venga en buena hora para él el indulto y el retorno a las húmedas praderas de su ayer, a la conversación cantora de los pájaros, al agasajo cabal de los cencerros, a la lluvia de gotas de rocío que perlen las medallas de guerra de su lomo, a la orquesta sinfónica del viento, emisario de olores y recuerdos y del efluvio de la hembra torihonda que le espera en el harén para él buscado. Venga también el orgullo estampando su nombre en letras de oro en los libros de ganadería.

     Por el bien de la Fiesta: indulto como excepción, siempre; como costumbre, nunca.

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