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jueves, 18 de diciembre de 2025

La pataleta final

 Sevilla no merecía una despedida así. La empresa Pagés ha cerrado su
etapa en la Maestranza con un portazo impropio de quien ha dirigido durante años una de las plazas más importantes del mundo taurino. Un adiós escondido en un escueto mensaje en redes —primero y último gesto— y, como colofón, una decisión tan incomprensible como dañina: la eliminación de las
 redes sociales y de la página web oficial de la plaza de toros de Sevilla.


No es un gesto menor. Es, sencillamente, una pataleta. El enfado mal digerido de quien, al perder el timón, decide llevarse consigo todo lo que considera suyo, aunque no le pertenezca moralmente. La reacción recuerda más al berrinche de un niño al que le esconden los juguetes que al comportamiento esperado de una empresa que ha estado al frente de la joya hispalense. Cuesta imaginar que alguien como Don Diodoro Canorea hubiera abandonado la Maestranza de este modo, y con tan poco respeto hacia su historia.


Porque borrar archivos, eliminar contenidos y hacer desaparecer años de información digital no es un acto administrativo: es atentar contra la 
memoria. Contra la memoria de una plaza que ha marcado el rumbo del toreo durante generaciones. Es cierto que siempre nos quedará la prensa escrita —bendita sea—, pero en la sociedad actual el soporte digital es esencial, especialmente para quienes vienen detrás.

Para los jóvenes aficionados, la web y las redes no son un complemento: son la puerta de entrada. Un portal donde consultar datos, leer crónicas, conocer la historia y comprender la dimensión de una plaza como Sevilla es un tesoro. Un material de enorme valor cultural y divulgativo que hoy se consume, mayoritariamente, en formato digital. Por eso, eliminarlo todo no solo es de muy mal gusto: es una grave irresponsabilidad.

Lo lógico —y lo habitual— hubiera sido traspasar esos activos a la nueva empresa, o negociar su cesión por el valor que se estimase oportuno. Eso entra dentro de la normalidad empresarial. Lo que no es tolerable es destruirlo todo por el simple hecho de no continuar al frente, en un gesto de “me enfado y me llevo lo mío” que deja muy mal sabor de boca.

Ahora, Lances del Futuro y José María Garzón afrontan un reto añadido. Tendrán que empezar prácticamente de cero. Es probable que la empresa saliente no haya dejado ni accesos, ni cuentas, ni información útil. Están en su derecho, sí, pero han dinamitado por completo un proyecto de comunicación que, con sus aciertos y defectos, estaba ya consolidado. Reconstruirlo será uno de los grandes desafíos.

Eso sí, también es una oportunidad. La de crear un proyecto de comunicación verdaderamente acorde a los tiempos, más ambicioso y más valiente. Sevilla había comenzado a asomarse al nuevo lenguaje de las redes, pero ahora toca romper clichés y barreras, y mirar de frente a las nuevas generaciones. Ahí hay un espejo claro en el que fijarse: Madrid.

Garzón ya ha dado algunas pistas. La presentación pública de los carteles en una gala a mediados de febrero será el primer gesto de una nueva etapa. A ello se sumará la creación de un portal digital de comunicación directa con los abonados, con espacios para opiniones, sugerencias e inquietudes, además de ventajas económicas y planes de fidelización. Una apuesta por modernizar la gestión y, sobre todo, por dar voz a quienes sostienen la plaza pasando por taquilla.


Porque los abonados son el verdadero pilar de la Maestranza. Y si Sevilla quiere mirar al futuro sin renunciar a su grandeza, hay que cuidarlos, escucharlos y recuperarlos. Pero todo eso empieza por algo elemental: respetar la memoria. Y la memoria, cuando se borra, cuesta mucho volver a escribirla.

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