Por Rubén Amón.
Sevilla asistió este 16 de abril a una de esas tardes que no caben en el acta, ni en el parte facultativo del reglamento, ni siquiera en la aritmética rudimentaria de los trofeos. Porque Morante no abrió la Puerta del Príncipe. Pero la derribó simbólicamente. Y la derribó de la única manera que un artista de su especie sabe hacerlo, no con llaves ni con orejas, sino con la autoridad de la conmoción y con la inercia eufórica de la aclamación popular.
Y entre el fervor y la insurrección, allí apareció la imagen más elocuente de la noche, centenares de chavales alzando en volandas al torero y chocando contra el muro administrativo de la Policía Nacional. De un lado, la legitimidad del reglamento. Del otro, la legitimidad abrasiva del pueblo conduciendo al ídolo en su indumentaria ortodoxa de oro, no como un becerro bíblico, sino como un icono ruso extraído de un retablo.
No importaba tanto el episodio pintoresco del forcejeo, ni el sevillanísimo teatro del escándalo, como la colisión entre dos verdades incompatibles. La autoridad decía que Morante no podía franquear ese umbral porque no había cortado los trofeos exigidos. La multitud replicaba que aquella faena pertenecía a una jurisdicción superior, a una justicia estética donde la espada cuenta menos que el temblor. Y la multitud, por una vez, no deliraba del todo. Porque Morante, sublime con los avíos y desdichado con el acero, no había compuesto una faena memorable sin más. Había dinamitado la lógica interna del espectáculo. Había llevado la tauromaquia al borde de sí misma, a ese punto en que el rito empieza a asemejar una herejía y el clasicismo se pone a actuar como una vanguardia salvaje. El reglamento administra la lidia. Morante la desborda y la revienta al compás de una faena abracadabrante. Abracadabra, Puerta del Príncipe, que viene Morante.
Bastó el cuarto de Álvaro Núñez, “Colchonero”, para que el ruedo dejara de ser un ruedo y empezara a parecer un escenario mental. Primero llegaron los lances a una mano, como si el capote no pesara nada y pesara toda la historia. Después, las banderillas. Y la locura. Morante pidió los palos, ya de por sí una declaración contra la rutina, y remató el tercio recurriendo a una silla cuya lógica narrativa no caracterizaba una extravagancia ni una boutade, sino un gesto de erudición delirante, una cita con la memoria antigua del toreo ejecutada bajo el voltaje de una performance contemporánea. No toreó sólo al toro. Toreó también al tiempo. Toreó a los muertos. Toreó a la propia plaza. Luego dejó la silla en la arena como quien abandona una pista, un rastro, un objeto ritual. Y empezó la faena con ademanes de otro siglo, como si hubiera convocado en pleno Baratillo un salón romántico, un grabado de Goya, una pesadilla refinada de Artaud.
No tenían fin los naturales ni límite el estruendo de La Maestranza. Por eso la palabra “faena” se queda tan corta. Aquello fue dramaturgia. Fue intuición escénica. El morantismo ha dejado hace tiempo de limitarse al catálogo de suertes, al milagro del capote anestésico, al desgarro de la verónica, al natural que parece no suceder en el espacio sino en la memoria. Morante ya no torea únicamente. Morante organiza una experiencia. Administra el delirio. Modula la histeria de la plaza. La lleva hasta el borde y luego la empuja un poco más. Enloquece él, pero enloquecemos con él, en un régimen de contagio colectivo y ascendente que sólo conocen los artistas totales.
De ahí que su fracaso con la espada adquiriera incluso una dimensión dramática necesaria, casi literaria. La obra precisaba una herida. La perfección habría clausurado el misterio. El pinchazo y la media estocada lo agrandaron. Lo volvieron trágico. Lo hicieron inolvidable. Y entonces llegó la rebelión. Los jóvenes se echaron al ruedo, lo izaron a hombros y quisieron conducirlo hacia la Puerta del Príncipe como si el entusiasmo popular pudiera corregir una decisión presidencial y abolir de paso la fría sintaxis del reglamento. No pudieron. Mejor así. Porque la frustración elevó aún más el sentido subversivo de la escena.
Si Morante hubiera salido por la puerta soñada, la noche habría terminado en triunfo. Al impedírselo, terminó en mito. Quedó expuesto con mucha mayor elocuencia que el morantismo alberga una carga de insumisión incompatible con cualquier domesticación burocrática. Morante es patrimonio porque es vanguardia. Y es vanguardia porque se alimenta del poso más antiguo del toreo para incendiarlo desde dentro. Ya ni siquiera hablamos del mejor torero de su tiempo y de todos los tiempos. Hablamos de un metatorero. De un artista que cada tarde rebasa un nuevo umbral dionisíaco y convierte a un toro noble en la víctima propiciatoria de una conmoción general. Sevilla quiso abrirle una puerta. Morante, en realidad, había abierto otra, la de nuestras entrañas, la del pasmo y del espasmo.
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