La primera corrida de la era de José María Garzón –con Morante, Roca Rey y De Miranda– se vivió con intensidad tanto dentro como fuera del coso, con la presencia de rostros conocidos y un público entregado al desarrollo del espectáculo. El ambiente en el ruedo y en los tendidos reflejó la importancia del momento, en una jornada que no solo inauguró temporada en Sevilla, sino que también simbolizó el inicio de un nuevo rumbo en la gestión de la Maestranza.
Luego, aparte de Morante, se vio a un Roca Rey en figura y a un David de Miranda que no vino de comparsa. Así contamos sus lidias en directo:
Animal de almibarada embestida, ejemplar que agradecía la suavidad, esa que derrochó por ambos pitones, pese a faltarle un punto de humillación. Basó Andrés su trasteo en derechas, pitón por el que ligó los pases quedándose en el sitio. Acertó en terrenos y alturas; buscó alargar el muletazo, consciente de que donde la gente se rompe de verdad es cuando este es largo y por abajo, aunque no siempre lo consiguió. Al contrario que en otras ocasiones, no finalizó su labor en los terrenos del toro, yéndose a por la tizona. Tras una estocada entera, pero algo tendida, le fue concedida una oreja, pese a existir petición de la segunda, no siendo esta atendida por Gabriel Fernández Rey, que no vio apropiado conceder el segundo trofeo.
Se puso en el sitio, sin importarle quedar expuesto delante del sexto bis. El onubense acortó distancias, se colocó totalmente de frente, buscando vaciar la embestida tras la cadera. Pese a vérsele por momentos algo aturdido, no quiso abandonar el ruedo, consciente de que en tardes así uno no puede echarse a un lado. Aguantó parones y miradas de un toro que se guardó cosas dentro, un animal de apuesta por lo serio de su comportamiento. No fue una faena ligada, pero sí una labor compleja, un trasteo en el filo de la navaja. Tras cerrar su labor en los terrenos del toro, dejó una estocada en buen sitio que le valió una oreja.

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