Las tres novilladas del abono de San Isidro se han saldado, bien lo saben los aficionados, no sólo con brillantez, sino con sobresalientes. En buena parte porque las divisas lidiadas de Montealto, Fuente Ymbro y Conde de Mayalde, además de una aplaudida y no exagerada presentación, derramaron la bravura y la clase necesarias para que los chavales pudieran expresar, cada uno con su personalidad, la torería que atesoran.
De los nueve novilleros, hasta tres lograron cruzar el umbral de la puerta grande en volandas de los aficionados, todo un hito en Madrid: Álvaro Serrano, Julio Norte y Julio Méndez. Y dos más estuvieron a gran nivel: el catalán Mario Vilau, que dejó una magnífica carta de presentación tras cortar una oreja de ley de su primero y resultar cogido por su segundo en el que dio una lección de vergüenza torera, y el mexicano Emiliano Osornio. éste con suerte dispar en el sorteo, su primero no le dio opción alguna, y con su segundo, que sí la tuvo, dejó impronta de toreo caro. La expresión y la majeza que imprime a su toreo y la templanza con la que maneja capote y muleta, si se aplica con la espada, dejan entrever que puede haber torero con distinguido sello.
Con todo ese plantel de contrastados futuribles, y con las promesas salidas de la Escuela de Tauromaquia de Valencia, cabe preguntarse si no ha llegado el momento de buscares más festejos y solucionar formatos con ideas de futuro. La más radical, la que daría y quitaría razones, sería plantear una feria con gran protagonismo de los novilleros y anunciar sólo a los espadas de alternativa jóvenes, pidiendo a las empresas pueda apostar por una programación que ilusione. Sería una apuesta llena de lógica y un reproche a las estrellas que se excluyen. El toreo precisa de compromiso e imaginación.

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