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martes, 4 de mayo de 2021

El sinsentido de Zafra

 


Cuando más hay que cuidar los detalles, parece que más se desatienden. Inaudito. La tauromaquia estaba tocada antes de la pandemia y el coronavirus ha empeorado su situación. Toca mimarla y hacer las cosas perfectas para fortalecer su imagen. Toca defenderla en los despachos, exigir el mismo trato que el resto de actividades culturales, pedir unas condiciones acordes a lo que genera económicamente y el reconocimiento que merece según su función medioambiental.

Pero en general los gerifaltes del toreo siguen a lo suyo, como si la crisis monetaria y social del sector no fuese con ellos. Y, entretanto, la Fundación del Toro de Lidia se ha metido a empresaria. No era ese su cometido fundacional, pero ha descubierto que organizar festejos es un filón que genera sustanciosos dividendos cuyo destino es programar novilladas para que la tauromaquia tenga futuro –buena idea– y también cubrir los sueldos y los gastos de quienes trabajan en la asociación –lícito–.

El año pasado, con la realización de la llamada Gira de la Reconstrucción, la Fundación obtuvo más de 800.000 euros de beneficios gracias al dinero que aportó la televisión de pago y la bajada de honorarios que se aplicaron los profesionales actuantes. La suculenta experiencia provocó que para esta temporada se anunciara una segunda versión, lo que, tratándose de una buena idea, parece dejar un tanto aparcadas las primeras intenciones de la entidad, que perseguía defender y promover la Fiesta de los toros.

Está claro que organizando novilladas se promociona el toreo, pero parece mucho más urgente defenderlo desde las instituciones. Conseguir que para siempre los festejos menores paguen menos impuestos, como ocurre con el deporte base y las escuelas de interpretación y música, sería lo más oportuno y necesario. Lograr que todas las campañas la televisión pública retransmitiera una corrida desde cada coso de primera categoría y que los noticiarios le dedicaran un minuto de su tiempo sería idóneo. Ese debe ser el campo de actuación primordial si se pretende normalizar la tauromaquia en la sociedad.

Sin embargo, la Fundación aboga por su afición al empresariado. Y no estaría mal si acertasen en sus planteamientos, pero la última ocurrencia ha resultado desastrosa para el toreo. El anuncio de dos corridas en la ciudad pacense de Zafra, con tres matadores madrileños y uno francés, ha sido un auténtico fiasco. Un cuarto de entrada del aforo permitido. Es decir, si la plaza dispone de casi 5.000 localidades y estaba autorizada la ocupación del 50%, se podrían haber vendido unas 2.500 entradas, pero, según algunos medios, no se llegó al centenar de espectadores de pago.

La culpa no fue de los fantásticos toreros, ni de las extraordinarias ganaderías, sino de preparar carteles sin interés en la zona. A buen seguro que los de la tierra, Emilio de Justo, Perera, Ferrera, Ginés Marín, José Garrido, incluso Lancho, hubiesen concitado mayor expectación.

No se entiende la premura en anunciar las combinaciones de Zafra, notificadas sólo cinco días antes, ni la razón de no haber expuesto esos mismos carteles en otras latitudes más chovinistas con los diestros actuantes. No se entiende la política de comunicación de una Fundación que se está olvidando de reivindicar los derechos de la tauromaquia y se centra en su nueva faceta empresarial, aunque el sinsentido de Zafra haya dañado, una vez más y de nuevo desde dentro, la imagen de la Fiesta de los toros. Y todo, cuando más hay que cuidar los detalles.



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