Solo un día después de la transparente corrida de Victoriano del Río, el turno para uno de los cinco hierros emblema del torismo. Difícil prueba. Encabo, desafortunado con el descabello, celebra con torería sus veinte años de alternativa. Valiente y templado Robleño. Oficio de Rubén Pinar Dos horas y cuarto de función. Antes de soltarse el quinto, saltó al ruedo de espontáneo un activista. Lo redujeron por la fuerza las cuadrillas primero y números de la policía después. La bronca fue de época. Seis toros de Cuadri. Luis Miguel Encabo, silencio tras aviso y pitos tras aviso. Fernando Robleño, silencio en los dos. Rubén Pinar, saludos y ovación tras aviso. Picó muy bien al tercero Agustín Moreno. Buena brega de Raúl Ruiz, Candelas hijo y Javier Ambel, que además prendió dos pares de mérito.
EL CUAJO PECULIAR y distintivo de los toros de Cuadri: su grave, imponente hondura. Los pechos, las culatas, las cajas cilíndricas, las manos cortas pero alta la cruz. Las pintas de negro tizón; las palas y los pitones cenicientos. Una estampa singular.
Un promedio en báscula de 570 kilos. Solo el quinto rebasó el listón de los 600. Menos carga de lo acostumbrado. Se movieron los toros. Todos: los tardos, los prontos, los revoltosos, los listos, los guerreros, los guerrilleros y los pacíficos también. Hasta los que se agarraron al piso se movieron cuando tocó.
No hubo ninguno dócil. En todos latió el fondo agresivo de la ganadería, pero en grado muy diferente. Las embestidas en tromba del quinto estuvieron en la línea mejor del encaste y el hierro. En el carácter incierto del cuarto –su agilidad para revolverse- quedó reflejada la primitiva listeza de Santa Coloma. De todo menos facilidades. Se empleó lo justo en el caballo la corrida. Todos, salvo el sexto, sacaron en banderillas la complicación de esperar y el genio de dolerse. A la hora de la muerte se pusieron por delante casi todos. Un instinto privativo. El espectáculo tuvo su característica densidad. Se empeñaron en faenas de aliento, y de aliento por largas, los tres espadas. La regla aconseja brevedad con el toro de Cuadri. También cambiar de mano y terreno lo más posible. Esa era la fórmula de un torero como Esplá, tenido con razón por el último gran experto en el género.
Todo tuvo un aroma de torería genuina. No se había visto en toda la feria rematar un quite con una serpentina –lo intentó sin éxito una tarde Roca Rey- y Encabo lo sacó del arca donde se guarda el buen paño. Media estocada y siete golpes con el verduguillo. El descabello iba a amargarle la fiesta de los veinte años. Once intentos antes de tumbar al temible cuarto, el más agresivo e incierto de los seis. No pudo en esta segunda baza Encabo componer con el apresto del primer toro, sino medir a la fiera y medirse sin dar al toro ventajas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario