
Entre una política de escasa atención a su clientela natural y la autodestrucción innecesario a la mitología del torero, han conseguido llevarnos a la situación actual. La experiencia cuenta que el empeño de cambiar este rumbo de las cosas no es precisamente fácil, por más que resulte indispensable; sabido es lo fácil que resulta provocar lo abandonos de la afición y lo casi heroico que resulta recuperarlos luego.
Y todo con el telón de fondo de la imperiosa necesidad de devolver a la
A diferencia de otros años, ni los gestores de Las Ventas ni los de la Maestranza han informado aún del resultado final de la renovación de los abonos. Lo que parece ser más que “una leyenda urbana” dice que en ambos casos se ha retrocedido un año más, por más que los responsables de la política económica insistan en contarnos que el consumo se ha reactivado.
Que la situación no ha sido fácil para las Empresas respectivas resulta una evidencia con tan sólo observar las facilidades que han venido proponiendo para las renovaciones. Desde un mayor grado de comodidad para los interesados --que resultaban hasta dantescas aquellas colas nocturnas esperando a que abrieran las taquillas de Las Ventas-- hasta la propia amabilidad de los señores de las Taquillas, entre los que siempre abundó un personal que, por no se sabe qué razones, después de pagar todavía parecía que te estaban haciendo un favor: pagano y agradecido, era la cuestión. Vamos, lo contrario de un buen vendedor.

No son precisamente “las historietas del abuelo” esas que unos y otros repetimos acerca de situaciones históricas, cuando el aficionado sin posibles llevaba su colchón a la casa de empeños, con tal de conseguir el dinero necesario para sacar su entrada ante un acontecimiento. Con crisis y sin crisis, todo eso queda muy lejos de la mentalidad del siglo XXI, cuando uno tiene, además de la cartera vacía, 20 formas distintas de distraer su ocio y la mayoría son gratuitas. Y cuando en el ruedo no están unos nuevos Juan y José para arrebatar a sus partidarios.
Hay que convenir que esa política inveterada de mantener las distancias con la clientela, que no hay motivo o causa que la justifique, lo que ha provocado en nuestros días ha sido un alejamiento de aficionados y curiosos. En su torpeza se llegaron hasta hacerse antipáticos frente a los engrosaban la caja. Tanto en el caso de Sevilla como en el de Madrid se podrían relatar situaciones verdaderamente cómicas, cuando no lamentables, provocadas por esta engreída política. En la época de las vacas gordasno supieron advertir que esa postura del “aquí mando yo” no conduce a ningún sitio: como en toda actividad comercial, aquí quien manda es quien paga, que a la postre es el que emite el juicio final acerca del hacer de unos gestores.

En el caso taurino, esa normalidad pasa por la recuperación de la capacidad de decidir por parte de los aficionados y espectadores, que por demasiado tiempo han sido reducidos a ser el “patito feo” de esta historia. Cuando hasta las organizaciones de aficionados --salvo las “políticamente correctas”, que las hay-- resultan molestas, es evidente que algo falla. Y no es precisamente marginal.
Hay que reconocer que esta nueva política frente a males viejos no es competencia exclusiva de los gestores empresariales. También los profesionales tienen su cuota parte de responsabilidad. En especial las figuras. El ejemplo más evidente en estos días lo tenemos en el plante de los cinco toreros que más influyen en el escalafón frente a la Empresa Pagés. No parecen ser conscientes que a quien de verdad castigan con su plante es al aficionado que mantiene con sus dineros todo este tinglado. Por eso, sea cuál sea el final de esta aventura, a todos ellos les acabará por pasar factura.
Pero dejando al margen el hecho episódico de Sevilla, los toreros comenzaron por bajarse del pedestal de lo mítico para mutarse en personajes plagados de vulgaridades, en virtud de las cuales han acabado siendo pasto de la prensa rosa y de los fotocall de previo pago. Antes se competía por ser portada, aunque fuera de pago, de “El Ruedo”; ahora, por la portada de “Vanity Fair” y los posados publicitarios, que están ambos mejor remunerados. Esa es la diferencia.
No se entiende bien por qué motivo decidieron romper esa aureola de misterio, de casi superhombres, que de siempre caracterizó a los toreros, como tanto le gustaba recordar a “Camará” y que en nuestros días tan sólo reclama esa especie de verso suelto que se llama Simón Casas.

Creo que fue el futbolista Butragueño el que se atrevió a decir de su presidente aquello de: “Florentino es un ser superior”. Le cayó lo que coloquialmente se define como “la del pulpo” y hoy todavía se lo recuerdan. Sin embargo, cuando se repasan las etapas grandiosas de la Tauromaquia se comprueba fehacientemente que, a quienes las protagonizaron, en el sentir popular les encajaba como anillo al dedo tal definición: eran considerados precisamente eso, seres superiores a todos los demás
¿A que se debe esta vulgarización del oficio taurino? Se pueden localizar causas muy diversas, que van desde el beneficio económico que le pueden reportar sus andanzas amorosas contadas en exclusiva para el “Hola” --boda, luna de miel, embarazo y bautizo, todo en el mismo paquete-- hasta la prefabricación, sin causa que lo justifique, de esa pantomima en la que hoy se han convertido los mano a mano, que nadie reclama, salvo el empresario que así ahorra un dinerito en las nóminas. Y en medio, una amplia ristra de causas taurinas y extra taurinas.

Quizá nadie les ha advertido que, junto a una política real de acercarse a los aficionados --quien trata de organizar un acto cultural y social con un torero comprueba las dificultades que encuentra--, para volver a la estima de los personajes míticos hay que comenzar con reintegrar al espectáculo sus cuotas indispensables de autenticidad, en lugar de aferrarse por sistema a la fórmula del “toro predecible”, en feliz definición de Carlos Núñez. Y es que en el toreo mito y hazaña son términos que se conjugan inexorablemente al mismo tiempo y cada día.
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