A finales del año 2016, casi un 30 por ciento de los españoles vivía en riesgo de pobreza y exclusión, según datos oficiales del INE (Instituto Nacional de Estadística). Las necesidades básicas no cubiertas en algunas comunidades autónomas eran casi de posguerra.
Zonas de España como Andalucía, superan el 30% de desempleo, y localidades como Jerez, el Puerto de Santa María o Algeciras, superan esa cifra. En cuanto a los empleos, la calidad de los mismos era tan precaria que la congelación salarial iniciada en 2006 se mantenía una década después. Castilla León y Extremadura, otras zonas propicias para la Tauromaquia, tenían un paro al alza próximo al 28% en los ciudadanos de entre 25 y 55 años. Los datos de fin de 2017 apenas han mejorado en un punto y medio porcentual.
La cruda realidad de la crisis trató de paliarse de dos formas: Una con la reducción de costes, que sobre todo, pago el ganadero. Un sector silencioso incapaz de rebelarse o de alzar la voz con soluciones, que han preferido vivir en manos de los que compran sin salirse del raíl marcado, so pena de penalización. Hoy, los ganaderos, que no hablan, saben que apenas 8 o 10 ganaderías son rentables. La maquinaria económica taurina se ha visto desbordada por una realidad económica para la que, sin tener recursos, se ha llegado a los límites mas inaceptables de la llamada competencia. Es tan tergiversado este asunto que nombrar hoy al Tribunal de la Competencia, crea un sismo en las gentes del toro. Pero, lejos de una descripción apocalíptica, este es el mapa del toreo en 2018. Con déficit social y popular implacable que nos arriesga a un futuro de temor.
Cuando llegó el monstruo, el toreo de pie había acampado en los pueblos, que prefirieron tauromaquias de ‘élite’ a seguir apostando por las accesibles al pueblo, poniendo el calcetín de lo social y lo popular, al revés. La crisis hizo collera con el movimiento animalista y mascotista en la ultima década, haciendo un sumando atroz: de una parte, el pueblo no tiene dinero para comprar una entrada. De otra parte a ese pueblo, que no puede ir a los toros, se le ha embarcado en una aventura solidaria con la mascota y el animal, maldiciendo los usos de la Tauromaquia y todo lo referente a lo rural. Una ecuación para la que no sabemos si hay plan, estrategia o siquiera una mínima reflexión.
¿Por qué plazas como Pamplona, Madrid y otras pueden tener aun ese tinte de ‘popular’ en el toreo de a pie? Entre otras cosas, porque los precios de sus entradas son más livianos. Cierto, porque hay menos paro, cierto porque sus ferias tienen un tirón superior de arraigo. Pero no ya por el abono. Ya no hay temor a perder el abono y no es una condición sine qua non para no acudir a la mejor corrida. ¿Por qué pueblos como la Puebla del Río atienden al toreo en su base social? Porque la Tauromaquia se ha hecho presente en el pueblo en plena crisis. ¿Porqué los llamados ‘populares’ son ahora festejos tan deseados por los gestores del toreo? Porque sus costes son menores, su repercusión y aceptación social, muy grandes y porque son base de afición y fidelidad popular.
Desde el año 2013 el Gobierno de una nación llamada España, calificó por ley a la tauromaquia como Patrimonio Cultural de los Españoles. Una declaración tomada como balón de oxígeno que sin embargo, ha sido un pacto de cobardes sin efecto. Jamás esta Ley ha llegado a aplicarse desde el punto de vista de su obligación Constitucional para su desarrollo. ¿Cómo es posible que con esta Ley, con las obligaciones que conlleva para gobiernos y administraciones, los pliegos de condiciones que salen aun son mas abusivos y lesivos contra nuestro patrimonio cultural al que tenemos derecho como ciudadanos españoles?
Cómo es posible que con esta ley se haya posibilitado que la gestión de Las Ventas tenga uno de los pliegos más onerosos y abusivos de su historia? ¿Cómo es posible lo de El Puerto lo de Zaragoza?. Es posible porque la Ley no se cumple y no se cumple dos cuestiones: una, porque porque no hay voluntad política real sobre al toreo como transcripción del pueblo español y de su cultura. Otra, porque el sector si es que existe, ya ha decidido jugar esa partida en lugar de armarse de talento y de valor para exigir sus derechos. La Tauromaquia o es pueblo, o es del pueblo, o regresa a su base popular, o no será nada mas que una manifestación de las estrategias de gentes puntuales que velan por lo que consideran legítimos derechos: sus cuentas anuales.
Una legitimidad que choque de frente con el deseo de futuro pues la ganancia o la menor pérdida de hoy no puede ser a costa de todo. Sobre todo a costa de que los habitantes de los pueblos no puedan asumir su presencia en el recinto de su cultura porque por el precio de una entrada compran la comida de una quincena. Una cultura sin acceso posible no es cultura ni es pueblo. Hay una exigencia de todos para todos que es poner ya los medios para regresar el toreo a su posibilidad real de acceso. Quien acusa de demagogia a estas descripciones, cae en la demagogia más cobarde, que es la de asumir como buenas y leales para el toreo las medidas que hacen del toreo algo a espaldas de la sociedad, del pueblo y de las gentes.
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