Es decir, subirse al púlpito del micrófono o la pluma y ver, hablar ycomunicar lo que se desconoce con el tono de quien sabe un montón.
Una vez se elogió, con justicia, la mesura, el contenido y el continente de un gran comunicador de toros en el lugar del apoyo a la narración: Roberto Domínguez. Medido, pautado, acertado, era capaz de colocar la palabra adecuada a cada gesto de cada toro y de cada torero. Y jamás dio pie a la llamada de la vanidad. Esa forma sabia de saber, de enseñar al que no sabe si éste quiere aprender, es la de los grandes.
Ahora, ya hace años, hay alguien que ha logrado un punto de madurez, de reposo, de cordura, de coherencia, de conocimiento, que es una isla dentro de un océano de rencillas, tormentas y egolatrías.
Emilio Muñoz.

Este elogio a Emilio Muñoz es sólo el reconocimiento de que, en esta hoguera de vanidades, donde se firma en cuerpo de letra más grande que lo firmado, en donde el yo pretende el elogio y el éxito que el talento nunca va a dar, se puede lograr el éxito de la forma más cabal y silenciosa. Para ello, claro, hay que tener talento. Y el talento...
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