Un prestigio perfumado de anestesia y campo, bañado en el sudor frío del miedo, y en esa alegría efímera del triunfo.
Un prestigio, el de Espartaco, que se ponía en juego tres lustros después.
En estos días el nombre de Juan Antonio Ruiz Román se ha manoseado hasta límites indecentes, con un discurso demagógico e interesado que pretendía enfrentar la grandeza torera y humana de Espartaco con el supuesto egoísmo de los toreros del conflicto, empezando (y casi acabando) por Morante de la Puebla. O sea, una burda historia de buenos y malos debidamente promocionada por la prensa amiga, cada vez más parecida a esos karaokes en los que se mueven los labios para que nos canten por detrás.
Hace falta ser miserable y mezquino para utilizar a Espartaco con un fin tan espurio, pero como era de esperar, no hubo el más mínimo pudor.
Sus amigos, mientras, ni siquiera aspirábamos al triunfo. Nos hubiera bastado una actuación digna, dos ovaciones, un corte de coleta y un abrazo en el hotel. Hubiésemos firmado que ningún toro de mala casta manchara su nombre, su trayectoria, sus ocho años de mandón del Toreo.
Que su honor no se viera mancillado por el destino en esta tarde que era la última.
Y tras la que sólo quedaría el vacío de la derrota y una sonrisa amargamente melancólica.
Y tras la que sólo quedaría el vacío de la derrota y una sonrisa amargamente melancólica.

Arenal arriba se llevaron en hombros al maestro del temple, y la leyenda de Espartaco atravesó, también, el corazón de las nuevas generaciones.
Sevilla, ya para los restos, es tuya
Por Álvaro Acevedo
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