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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Sin un gran toro no hay grandes toreros

 


El toro es el que le confiere importancia a todo. Es el auténtico eje sobre el que gira la Tauromaquia. Resulta fundamental que su trapío despierte admiración y respeto desde el mismo instante en que salta al ruedo. Pero aún más importante es que haga honor a su condición de bravo, que exhiba la casta que se le supone y que transmita sensación de poder.

Es el toro quien otorga al matador el estatus de ídolo, de héroe capaz de hacer aquello que el resto de los mortales somos incapaces siquiera de imaginar. La Tauromaquia comienza a resquebrajarse cuando el espectador sentado en el tendido llega a pensar que lo que sucede sobre el albero no entraña demasiada dificultad, que incluso él mismo sería capaz de coger una muleta y dibujar algunos pases. Cuando desaparece la sensación de riesgo y de exigencia, también se desvanece buena parte de la grandeza del toreo.

Recuerdo que en 1994, el representante de Jesulín de Ubrique, Manuel Morilla, se atrevió a coger la muleta para darle unos pases a un toro de su poderdante en la plaza de Sanlúcar de Barrameda. Aquella escena llamativa y desafortunada evidenciaba la extrema docilidad de los toros. Lejos de ensalzar la figura del torero, contribuía a restarle mérito, porque transmitía la falsa impresión de que cualquiera podía ponerse delante de un astado.

Sin embargo, cuando el toro acomete con codicia, prontitud, recorrido y poder, a nadie se le ocurre pensar que lo que presencia es una tarea sencilla. Todo lo contrario. Cuanto mayor es la exigencia del animal, mayor es el reconocimiento que recibe el torero. Su labor adquiere categoría, peso y significado.

No se trata de reclamar la aparición de la alimaña imposible que hace inviable el toreo, sino del toro enrazado, el que exige aptitud, recursos, valor y capacidad; el que pone a prueba al matador y, precisamente por ello, le concede jerarquía cuando es capaz de imponerse. El toro que permite veinte muletazos mandones, ligados y emocionantes, sin ofrecer la cómoda excusa de que se ha parado o de que ha embestido con esa sosería que convierte la faena en un ejercicio estético y rutinario.

La reciente Feria de Julio de Valencia dejó un ejemplo muy ilustrativo. Roca Rey pudo haber salido por la Puerta Grande porque existió petición de dos orejas. Sin embargo, la presidencia únicamente concedió una amparándose en el artículo 82.2 del Reglamento de Espectáculos Taurinos, que establece que “la concesión de la segunda oreja de una misma res será de la exclusiva competencia del Presidente, que tendrá en cuenta la petición del público, las condiciones del animal, la buena dirección de la lidia en todos sus tercios, la faena realizada tanto con el capote como con la muleta y, fundamentalmente, la estocada”.

El palco interpretó que la extraordinaria dulzura del toro, que permitió torear prácticamente como de salón, sin aparentes complicaciones —aunque evidentemente siempre las hay—, restaba entidad a la obra del diestro. Y, en consecuencia, únicamente concedió el trofeo cuya atribución corresponde a la voluntad del público.

Es muy posible que, con un animal apenas un punto más encastado, con un ápice más de transmisión y de exigencia, la rotundidad de la faena hubiera resultado incontestable y la segunda oreja no habría encontrado discusión.

El toro que necesita la tauromaquia es el que transmite, el que provoca emoción, el que confiere importancia a todo.

Es verdad: sin toro nada tiene importancia.

Esa frase de que sin toro nada tiene importancia sigue en vigor como dogma del toreo. Todo gira en torno al toro y al torero.
 Tienen la misma importancia uno y otro. No sirve una fiesta de toreros con  el toro en papel secundario.
 No vale tampoco entronizar al toro como lo único importante de un carte
lPor desgracia, la mayoría de los asistentes a las plazas desconocen la ganadería de la tarde.
 Y aunque ello sea cierto, la obligación de los profesionales y de los buenos aficionados es que el toro cobre el protagonismo que debe tener en la corrida..

miércoles, 12 de agosto de 2026

ESAS ENFERMERIAS...

 

 El otro enemigo del torero

No hay enemigo pequeño. En la práctica del toreo nunca debe infravalorarse el peligro del astado al que se lidia. A Pepete lo mató “Jocinero”, un Miura en la plaza de Madrid, y a Antonio Bienvenida, “Conocida”, una becerra de Pérez Tabernero en el campo.

En el toreo, el tamaño no importa, o importa menos que el impacto que la presencia del animal puede provocar. Desde luego, impone más y entraña una mayor amenaza un toro serio, poderoso y correoso que otro sin trapío, con las fuerzas mermadas y la casta al límite. Pero el riesgo para la vida siempre está presente cuando enfrente hay un astado.

Hay otro peligro, generalmente despreciado, al que no suele concederle la importancia que merece: la enfermería, o mejor dicho, la ausencia de ella; la falta de un doctor capacitado y de un equipo quirúrgico y humano preparado para atender cualquier fatalidad y salvar una vida.

En España, la trágica muerte de Paquirri en Pozoblanco, a consecuencia de la cornada de “Avispado”, de Sayalero y Bandrés, sirvió para legislar unos servicios médicos mínimos y obligatorios en todos los recintos que organicen festejos taurinos.

Pero, allende los mares, el marco legal en esta materia sigue siendo inexistente, y demasiados toreros desatienden esa circunstancia y hacen el paseíllo sin tener en cuenta que al peligro del astado se suma el de la falta de atención médica, una contingencia que, en muchas ocasiones, resulta incluso más determinante que la condición del antagonista al que se enfrentan.

Sin un equipo facultativo competente, cualquier cornada que, en principio, no debería revestir mayor gravedad, puede transformarse en un drama. Hace solo unos días lo sufrió en sus carnes Jordi Pérez “El Niño de las Monjas” en Monte Carmelo, un coso de Huallanca, localidad peruana donde no había enfermería y cuya posta de salud permanecía cerrada.

Tras momentos de desesperación que hacían presagiar la tragedia, consiguieron estabilizarlo mediante una videollamada antes de emprender un traslado de tres horas hasta el hospital de Huaraz. Con una cornada en el cuello, que Jordi siga vivo pertenece, sin duda, a la categoría de los milagros.

Como él, muchos compañeros emprenden la aventura de anunciarse en plazas americanas de segundo y tercer orden buscando seguir sintiéndose toreros. Es algo totalmente lícito, pero también muy temerario. La falta de oportunidades induce a algunos matadores a probar fortuna al otro lado del Atlántico, especialmente en Perú, donde no hay mucho dinero que ganar, pero sí la posibilidad de seguir vistiendo el chispeante mientras esperan que algún contrato surja en casa y cambie su suerte.

Es su decisión y están en su derecho. Pero, aun comprendiendo el ansia por alcanzar su sueño, todos los coletudos, desde las grandes figuras hasta los más modestos, deberían unirse para exigir unos servicios médicos mínimos y obligatorios en todos los recintos del mundo que organizan festejos taurinos.

Porque al peligro del toro no conviene añadir el de la ausencia de un equipo quirúrgico capacitado.



Por Carlos Bueno

lunes, 27 de julio de 2026

El toro bravo frente al fuego

 


España vuelve a arder. Los incendios de Madrid y Ávila han alcanzado una gravedad suficiente para que el Gobierno declarase la emergencia de interés nacional. Las altas temperaturas, el viento y la sequedad explican la violencia del fuego, pero no pueden ocultar otra realidad: durante décadas hemos abandonado el campo hasta convertir buena parte del monte en un inmenso combustible esperando una chispa.

El cambio climático existe y agrava los incendios. Negarlo sería absurdo. Pero también lo sería utilizarlo como única explicación para no hablar de la falta de gestión forestal, la despoblación rural y la desaparición progresiva del pastoreo. La propia Estrategia Forestal Española reconoce la necesidad de ordenar y disminuir la carga de combustible para evitar incendios que terminan superando cualquier capacidad de extinción.

Durante demasiado tiempo se ha impuesto un ecologismo de despacho que confunde conservar con abandonar. Limpiar el monte, controlar el matorral, mantener caminos, abrir cortafuegos o permitir el aprovechamiento ganadero no significa destruir la naturaleza. Significa cuidarla. Y existe un animal que lleva siglos haciéndolo en silencio: el toro bravo.

La dehesa del toro de lidia no es únicamente el escenario donde nace el protagonista de la tauromaquia. Es uno de los grandes ecosistemas humanizados de la península ibérica. Encinas, alcornoques, pastos, charcas, aves rapaces, ciervos, conejos, zorros y numerosas especies conviven en grandes extensiones que permanecen cuidadas precisamente porque existe una ganadería que las mantiene.

El toro pasta, abre claros, controla parte de la vegetación y contribuye a conservar un paisaje en mosaico que dificulta la continuidad del fuego. El ganadero mantiene caminos, arregla cercados, limpia bebederos, vigila diariamente la finca y actúa ante cualquier incidencia. Donde vive el toro bravo no existe un monte abandonado: existe un territorio trabajado los 365 días del año.

No lo afirma únicamente el sector taurino. El Ministerio de Agricultura define la raza de lidia como el máximo exponente de la explotación extensiva y reconoce que se cría mayoritariamente en amplias dehesas, muchas de ellas situadas en zonas desfavorecidas y amenazadas por la despoblación, donde contribuye a conservar el ecosistema y convive con la flora y la fauna autóctonas.

Cada toro bravo necesita hectáreas de campo, pastos, agua, arbolado y vigilancia. Su existencia sostiene económicamente espacios que, sin la tauromaquia, difícilmente encontrarían otra actividad capaz de asumir semejante extensión y semejantes costes. Defender al toro bravo es, por tanto, defender también la dehesa.

Resulta paradójico que quienes atacan constantemente la tauromaquia se presenten después como los únicos guardianes de la biodiversidad. Si desaparece el toro, no queda automáticamente un paraíso natural. Puede quedar una finca sin rentabilidad, un ganadero obligado a abandonar y cientos de hectáreas cerrándose lentamente hasta convertirse en un polvorín.

El pastoreo controlado está reconocido como una herramienta eficaz para reducir el matorral y la carga de combustible en las zonas cortafuegos. Los animales no sustituyen a los servicios forestales, pero forman parte de una prevención que comienza durante el invierno, no cuando las llamas ya alcanzan varios metros de altura.

La situación del lobo refleja el mismo error de fondo. Nadie sensato plantea su exterminio. El lobo pertenece al ecosistema, pero también debe ser gestionado. La protección no puede significar abandonar a su suerte a quienes mantienen el ganado extensivo.

Durante 2025, Castilla y León registró 4.474 ataques de lobo y 6.294 cabezas de ganado muertas, según los datos difundidos por la Junta. Detrás de esas cifras hay ovejas, terneros y becerros recién nacidos, pero también ganaderos exhaustos y explotaciones cada vez más difíciles de sostener.

En Salamanca, situada al sur del Duero, las poblaciones de lobo continúan sometidas a una protección especialmente rígida. La conservación de la especie debe ser compatible con controles científicos y selectivos cuando los ataques sean reiterados. Proteger al lobo no puede consistir en sacrificar al ganadero, porque cuando desaparece el ganado extensivo desaparece también una parte fundamental del equilibrio natural.

El verdadero ecologismo no debería enfrentar al campo con la naturaleza. Debería escuchar a quienes viven en él. Al ganadero, al agricultor y al criador de bravo que conoce cada arroyo, cada encina y cada rincón de su finca.

España necesita menos prohibiciones dictadas desde la ciudad y más gestión. Más pastoreo, más ganadería extensiva, más prevención y más reconocimiento para quienes conservan el territorio con su trabajo.

Mientras algunos presumen de ecologismo desde un despacho, el toro bravo continúa caminando por la dehesa, manteniendo vivo uno de los ecosistemas más ricos de nuestro país. Y mientras España arde, convendría recordar quién lleva siglos cuidando el campo.

lunes, 6 de julio de 2026

"Sanfermines"

 


Salen datos de vez en cuando sobre la gran riqueza creada por la Tauromaquia para miles de trabajadores y negocios, pero todavía no se ha evaluado con exactitud, por ejemplo, el dinero generado cada año por las Fiestas en honor a San Fermín de Pamplona. Es muy difícil calcular, por su elevadísima cuantía, los millones y millones de euros ingresados en toda Navarra por los cientos de miles de visitantes que durante 9 días estarán en esta comunidad autónoma, y también en las del entorno, como Euskadi y Aragón, con motivo de esta celebración. Los 'Sanfermines' son generadores de mucha, de muchísima vida para toda la población en general, incluidos los taurinos y los antitaurinos también.

Algunos ignorantes e intransigentes mantienen aún sus ataques furibundos, ilógicos e injustos contra este acontecimiento, aunque ahora como saben que no podrán con él, se han unido la mayoría a la demanda sinsentido de pedir que se mantengan los encierros, pero sin los festejos en la plaza de 'La Misericordia'. Vamos, como intentar hacer una tortilla sin huevos.  Estos señores, con todos mis respetos, exigen lo mismo, pero sin importarles si se cargan la historia, la tradición, la razón, los valores o el disfrute de muchísimos espectadores y aficionados. Les da igual. 

No les gusta ni conocen la Tauromaquia, y sin embargo intentan cambiarla. Es algo tan absurdo como ilegítimo e improcedente. Quieren organizar unos 'Sanfermines' mutilados, pero cargándose el origen de toda esta fiesta taurina. Una petición que no hay por dónde cogerla. Estos lumbreras podrían reclamar también unas Olimpiadas sin competiciones deportivas, un festival de música sin conciertos, restaurantes sin comida o juzgados sin juicios. Y me paro, porque no quiero cansarles con la enumeración de más 'chorradas'. Estos ignorantes e irracionales antitaurinos han empezado ya su inadmisible estrategia de excluir al toro, el protagonista principal de esta fiesta, en la campaña de publicidad y difusión del programa de actividades de esta celebración. Otra tremenda barbaridad.

Es una idea respetable que organicen carreras de toros bravos y hombres, o algo parecido, para luego darles una medalla a las reses y corredores que consigan las mejores marcas. Algo surrealista, pero que nunca se me ocurriría pedir que se prohibiera. Ahora, que no hagan esta locura en Pamplona para hacer daño a los demás y cercenar una tradición cultural milenaria y legendaria con tanto arraigo.

No pueden intentar cargarse una costumbre de todo un pueblo, que tiene una repercusión mundial y atrae a millones de personas cada año, porque los animales se corren por la mañana con el fin de llevarlos a los corrales de la plaza de Pamplona, para que luego sean lidiados por la tarde. Eso es algo tan claro como evidente.  No hagan lo blanco negro, falsos 'proencierros' oportunistas.

Dejen ya de una vez de restar tanto y pedir la prohibición de la Tauromaquia, y empiecen a sumar con otras alternativas, pero respetando las anteriores. Y ya veremos cuáles tienen una mayor aceptación popular. Actúen, como tanto se proclaman a voces de ser, tanto democráticos, como progresistas y liberales, aunque cada vez toman medidas en la dirección totalmente contraria de lo que promulgan, porque son restrictivas, extorsionadoras, dictatoriales y de prohibición.  

No quieran prohibir para dañar a los que no estén de acuerdo con ustedes.  Déjennos de una vez en paz con las normas y costumbres de nuestras corridas de toros y ritos de la Tauromaquia. Empiecen a montar los espectáculos similares que quieran, sin imponer nada. Entonces, ya veremos quién se lleva el gato al agua, en condiciones de igualdad y no a base de medidas dictatoriales, condenas, agresiones, prohibiciones y persecuciones.


Habrá que recordarles también, las veces que haga falta, el dicho de ‘Prohibido prohibir’, que tanto suelen usar estos ‘animalistas’ y ‘ecologistas’ de laboratorio, para que dejen de una vez por todas de restar y por fin empiecen ya a sumar. No nos acusen más a los aficionados taurinos de querer la muerte de nada ni nadie, porque la Tauromaquia, incluidos los 'Sanfermines', lleva ya siglos y siglos generando vida, muchísima vida. Algo que es más que demostrable, y no por suposiciones, prejuicios, intransigencias y acusaciones absurdas. Ahora nos toca disfrutar un año más en Pamplona.

 ¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín! 

Por Antonio Cepedello

martes, 9 de junio de 2026

Cinco años descubriendo toreros

 


Huelva es la Cuna del Descubrimiento de América, o del encuentro entre dos mundos. Ahora el ganadero y empresario de su plaza de toros, José Luis Pereda, tomó en 2022 la gran y elogiable iniciativa de descubrir toreros en su tierra y alrededores. El Certamen 'Huelva es torera. Objetivo La Merced' cumplirá ya este año su quinta edición, como una de las iniciativas más necesarias, imprescindibles y deseadas para los jóvenes que empiezan a aprender esta maravillosa profesión, la más bonita, difícil y exigente del mundo a la vez. Un ciclo consolidado ya dentro del calendario taurino andaluz, que iniciará la programación de los carteles de la Feria de las Colombinas-2026, junto a corridas con las principales figuras del actual escalafón de matadores, lo que representa otro aliciente más para los novilleros sin picadores.

martes, 5 de mayo de 2026

Es una tómbola

 Tom tom tómbola, de luz y de color, que cantara Marisol siguiendo la letra escrita por Antonio Guijarro y puesta en solfa por Augusto Algueró hace ya casi 70 años. Y, lo que son las cosas, a día de hoy el mensaje sigue teniendo vigencia y  la capacidad de sorpresa y de asimilación de pasmos y sobresaltos permanece puede que no intacta sino cada día más afinada y a flor de piel.

En un mundo en el que parece que volvemos a la ley de la selva, siguiendo y obedeciendo como borregos al más fuerte o al que más miedo nos da, con presidentes de estado que se creen Dios o estar por encima de leyes o de la propia Justicia, haciendo de su capa sayos y hasta un fondo de armario que haría palidecer a la mismísima Imelda Marcos, cada día que amanece nos levantamos con un nuevo escándalo, unas declaraciones más propias de un orate que de alguien con responsabilidad sobre millones de personas o situaciones que perfectamente pudieran haber sido escritas por los guionistas de los hermanos Marx. 

Y no pasa nada. Los protagonistas de estas trapisonadas, además, se enervan y amenazan como serpientes cuando se les señalan sus faltas y pensando que los ciudadanos que, de manera absolutamente irresponsable y absurda, les han aupado a la cima de su poder son, efectivamente idiotas. Sus intereses son sagrados y están por encima de cualquier otro y sin tener que estar sometidos a juicio alguno. 

Esto, desde luego, no es nuevo, pero ya bien entrado el siglo XXI parece que la razón debería tener más presencia e influencia en quienes nos mangonean de esta manera y, sin que nos demos cuenta -o sí, pero nos da lo mismo-, vamos camino de un precipicio cada día más alarmantemente próximo y preocupantemente -aunque no nos lo parezca- peligroso y de muy difícil rescate para quienes no hayan perecido en el batacazo. 

También en el mundillo taurino las sorpresas están a la orden del día y siguen dando motivos para la  extrañeza, estupor, perplejidad o estupefacción un día sí y al otro también. Una veces para bien -ahí está Morante, el tío, cada día más crecido; la gran expectación que despiertan las ferias principales o el surgimiento de nuevos nombres que ilusionan: Navalón, Julio Norte...-, otras para mal -la blandenguería de los toros, sobre todos los que lidian las figuras; el poco interés de los responsables del negocio por renovar el escalafón o la torpeza de ciertos cargos públicos para gestionar su cuota de poder sobre el particular- ...Y el riesgo. Las cornadas y percances, algo inherente a esta actividad. El propio Morante y Roca Rey, las dos principales figuras del momento, heridos y, por ahora, parados y atascando la maquinaria taurina. 

Pero también hay asombros que desconciertan. Hace unos días se falló la concesión del Premio Nacional de Tauromaquia, eliminado del catálogo de distinciones del Ministro de Cultura por su tan inadecuado como impresentable titular, y recuperado por acuerdo del Senado, varias Comunidades Autonómicas y la ya al parecer imprescindible y ubicua FTL. Y el galardón fue para... Manuel Francisco Vázquez Ruano, Curro Vázquez en los carteles, buen torero, fino estilista, duramente castigado por los toros y de carrera irregular e intermitente.  El acta del jurado señalaba en su primer párrafo que se le concedió “por su actuación en el festival celebrado en la plaza de toros de Las Ventas el pasado 12 de octubre”... 

Ya extraña que un premio del calado de este que se quiere reflotar se conceda por lo hecho en un festival -por una labor con sólo pingüis, trincherazo por aquí, trincherilla por allí, un doblón acá, otro allá... y cuando, encima, quien de verdad estuvo sensacional aquella mañana fue el de Chiva...- pero también preocupa, o debería, que tan alta distinción pase por encima de lo más destacado de una temporada -Morante se salió-, la trayectoria de diestros legendarios que dijeron adiós el año pasado -Ponce y Hermoso de Mendoza, cuyo legado es inmenso- o instituciones que tanto y bien trabajan por la fiesta -la escuela de tauromaquia de Valencia, por ejemplo, la Comisión Taurina de Algemesí, otro, Villaseca de la Sagra...- y se fije en algo al fin y al cabo anecdótico. Es como si el Balón de Oro se lo dieran a un jugador por un golazo en un partido amistoso y se ignorase lo hecho por alguien que ha sido campeón de todo y pieza clave en su equipo. Pero ya se sabe que la vida es un tómbola, tom tom tómbola, y los misterios del taurinismo insondables. En fin, a quien Dios se la de, que San Pedro se la bendiga. 

Por Paco Delgado

miércoles, 15 de octubre de 2025

Déjenme llorar

 


Allí, en el glorioso centro del ruedo de Las Ventas, dijo adiós. Derramaban lágrimas unos tendidos repletos de almas incrédulas. Se iba inesperadamente un torero. ¡Y qué torero! El que simboliza la máxima revelación de la tauromaquia de todos los tiempos. Quien ha hecho de la lidia un distintivo del arte de torear. Una expresión tan diferente que lo identifica y singulariza. Quien ha alcanzado tal categoría que todo lo que hizo derivó en la emoción.   

Ha sido capaz de hacer de su vida un arte sublime. Un ser especial que se ha hecho necesario. Es necesario. Un ser que ha inmortalizado el toreo consagrándose para el gozo y la felicidad de los demás. Un ser como usted, maestro, tan torero como artista, tan generoso que, en su última tarde de gloria, se olvidó de su cuerpo para hacerle un guiño final a la más pura verdad de la lidia.

Me resisto a no ver más en el ruedo de una plaza de toros a quien ha hecho de la naturalidad el mayor espectáculo del mundo. Una tauromaquia basada exclusivamente en el valor y el clasicismo más puro, sin extras visuales ni otros efectos que el derivado de la torería. Pureza absoluta.  A quien ha llevado el toreo en su alma componiendo su historia, descubriendo sueños y realidades. Rescoldos de su mayores ambiciones.

Tal vez sea el penúltimo ciclo del artista. Morante de La Puebla dijo adiós en el momento adecuado. Con decisión, con la cabeza alta y la mirada al frente. Lleno de gratitud y vacío de tanto toreo. Se fue liberado sin dejar nada pendiente en los ruedos de las plazas de toros. Sabiendo lo que ha hecho y lo que ha dado, Se ha ido sabiendo decir adiós.  ¿Quién puede olvidar la inmensidad de una tauromaquia sublime? Tantos episodios grandiosos de apasionante toreo sucedidos en las plazas de toros. Sevilla ya le espera y los areneros de la Maestranza dispuestos están a pulirle la dorada tierra de albero.

 Ahora, déjenme llorar. 

Salud y larga vida, maestro.

Por Manuel Viera

miércoles, 1 de octubre de 2025

El tema es grave...

La corrida de toros y el Congreso de los Diputados

El Congreso debatirá el próximo martes la ILP contra la tauromaquia 

 Parece ser que ya hay vía libre para que los representantes de la sociedad española en las Cortes Generales se pronuncien sobre si las corridas de toros deben ser consideradas o no un patrimonio cultural inmaterial de España, rango legal que hoy las ampara.

Los promotores de esta iniciativa ciudadana 'No es mi cultura', que representan a unas 200 asociaciones animalistas, entregaron el pasado mes de febrero en el Congreso un total de 715.606 firmas para instar a la derogación de la Ley 18/2013, que delimita la tauromaquia como parte del patrimonio cultural digno de protección en todo el territorio nacional. La plataforma destaca que son un 32,91% más que las firmas conseguidas por la ILP taurina de 2012 que declaró la tauromaquia como Patrimonio Cultural, que entregó 500.165 firmas validadas.

 De estar de acuerdo una mayoría de diputados, las corridas de toros seguirán protegidas por dicho marco legal. En caso contrario, se encontraría a la intemperie, al arbitrio de que un alcalde o un presidente de una Comunidad Autónoma decidiera prohibirlas.

El tema es grave, porque el juego del hombre con el toro se practica en la península Ibérica desde hace al menos 2.500 años: toros de cuerda tan antiguos como los juegos taurinos egipcios; toros de fuego, de posible origen fenicio; toros de bodas, los de más larga duración; toros sagrados para los juicios de Dios; toros de combate, para la corrida caballeresca; y toros de lidia, para la corrida de toreo a pie. 

El tema es grave, porque en el Congreso se va a ventilar la extinción o conservación de este bovino excepcional. De hecho, para los antitaurinos que han promovido esta ILP, su victoria sería el principio del fin.

Por supuesto, gracias a la afición del hombre ibérico a jugar con su paisano, el agresivo toro ibérico, se ha conservado este super bovino, el más emparentado, según su mapa genético, con el Uro primordial del que descienden todos los bovinos.

Es incuestionable que gracias a las corridas de toros se mantienen más de mil ganaderías de bravo, que reproducen, preservan y mejoran el prehistórico hábitat de este animal territorial, un espacio que ocupa en España y Portugal en torno a las 400 mil hectáreas de alto valor ecológico.

Evidentemente, estas líneas y los capítulos que las continuarán están escritas por un aficionado a los toros. Así como la siguientes y sucesivas entregas: 1ª Quién es el toro de lidia; 2ª Quién es el torero. 3ª Quién es el público. 4ª Qué es la lidia. 5ª Origen democrático de la corrida a pie. 6ª Psicología del hecho taurino. 7ª El toreo y la tortura, 8ª El niño y la ética de la lidia. 9ª Antropomorfismo disneyano y antropomorfismo taurino. Y 10ª Muerte industrial del bovino de abasto y muerte a espada del toro bravo.

En consecuencia, los próximos diez capítulos no se acogerán a ninguna argumentación taurina. Se limitarán a argumentar la ética inobjetable de la corrida de toros.

Por José Carlos Arévalo

 

     

domingo, 7 de septiembre de 2025

Alivios técnicos...


 Sí, es ya lo normal. Los toreros usan con la muleta más el pico que los pájaros. Algo de lo que ya nadie habla porque es habitual y está aprobado, admitido, bendecido y consagrado…y cantado. Ni una mención y sí elogios tremendos a ciertas faenas. En fin…

PONCE tuvo la culpa de dos cosas que nos golpean. Una, las faenas largas, insoportables, muchas avisadas incluso antes de entrar a matar. Pero con la diferencia de que él las iba mejorando tras mejorar al toro. Faenas a más. Y ahora la mayoría está compuesta de pelmazos insoportables que dan mantazos no sé por qué ni para qué -¿por justificarse?- porque sólo van a conseguir una cosa: aburrir.

Y en cuanto al pico, PONCE dio una explicación basada en que era un recurso técnico. Y lo es cuándo el toro está muy difícil o se “acuesta”, pero con todo el respeto al maestro, que está claro que sabe muchísimo más que yo, si el toro es bueno es una ventaja o pillería meter el pico.

Vean, si no, faenas de triunfadores en las últimas ferias. Pico que te crio. Muletazos siempre con la parte más externa de la muleta. Y no con la panza que así, siempre se ha dicho, hay que torear con la panza. Así se arriman más al toro y hay más exposición y emoción. Más verdad.

Incluso PONCE afirma, tampoco estoy seguro que de que lo haya dicho, y no lo puedo corroborar, que con el pico hay más espacio y más  toreo…Y digo yo: menos apreturas.

Pero hay picos y… picos. Como en los pájaros. Más grandes y más pequeños. El gran pico era el de José Fuentes en una época en la que el pico era muy censurado, especialmente en la plaza de Madrid, que por algo es la primera de todas.

José Fuentes cogía la muleta, la ponía completamente oblicua y… citaba y así tenía todas las ventajas para echar al toro para fuera y evitar cercanías. Un día, en Las Ventas, ante los gritos de censura, se enfadó tanto que corrió hacia la barrera y con un objeto cortante rasgó la muleta y cortó el pico. Pero volvió al toro y otra vez la puso oblicua. Una filfa.


En cambio, ahora, el pico habitual, es poner la muleta planchada y vertical, de frente…pero citar y descargar con la parte más externa de la muleta. En todos los toros, buenos y malos. Hay menos exposición y se tapa con la plasticidad, aunque claro es menor que citando con la panza para vaciar.

Y el público lo admite y aprueba y hasta lo ensalza. Lo vemos a diario. Incluso en algunos emergente, tenidos por triunfadores, que no han dado un muletazo con la muleta de frente en su vida. Pero van funcionando porque al tendido le parece bien o no se da cuenta de cómo pone la muleta el torero… Y hay orejas y salidas a hombros.

Pues nada, una lacra más, como la las faenas interminables e insoportables. Algunas las critica la afición, las menos. Muletazos y muletazos (y además con el pico) y oyen el primer aviso sin entrar a matar. Y los festejos se ponen en dos horas y media o más. Pero todo vale : ser pesadísimos y usar el pico más que los pájaros.


sábado, 9 de agosto de 2025

El toro, por encima de todo

 


En el toreo todo empieza y todo termina en el toro. Puede parecer una obviedad, pero a veces hay que recordarlo. Sin toro íntegro no hay emoción, y sin emoción no hay verdad, y sin verdad no hay toreo que aguante. Las plazas lo saben, el aficionado lo exige y el buen profesional lo respeta.

En ferias como Pamplona o Bilbao el toro es la medida de todas las cosas. El trapío no se negocia, la seriedad es norma y el que no está preparado queda retratado. Ahí, más que nunca, el animal manda. No hay hueco para maquillajes ni para comodidades. Es el toro el que decide si un torero se crece o se diluye, si una faena pasa a la historia o se olvida al día siguiente.

Pero no basta con que el toro sea grande y serio de cara. La integridad es también bravura, fondo, emoción en cada embestida. Un toro que se arranca de lejos y pelea en el peto, que humilla en la muleta y mantiene la transmisión hasta el último pase. Eso es lo que eleva una tarde, lo que justifica la entrada y lo que diferencia la Fiesta de cualquier otro espectáculo.

Cuando se olvida esta base, el toreo se convierte en un teatro sin guion. Podrá haber estética, podrá haber técnica, pero sin toro auténtico no hay nada. Y lo peor es que el público, incluso el que no entiende de reglamentos ni encastes, lo percibe. Sabe cuándo le están dando gato por liebre.

El toreo, como cualquier arte, puede evolucionar. Lo que no puede es traicionar su esencia. Y esa esencia tiene nombre, peso y pitones: el toro. Por eso, más allá de figuras, carteles y modas, lo que garantiza el futuro de la Fiesta es mantenerlo por encima de todo. Porque mientras haya toro íntegro, habrá verdad. Y mientras haya verdad, el toreo seguirá teniendo sentido.

Por Sergio Hueso

 

miércoles, 7 de mayo de 2025

LA HERENCIA GALLISTA

 


Morante de la Puebla es mucho más que un torero contemporáneo, es una evocación viva de la grandeza del pasado, una figura que ha sabido recuperar los ecos de la Edad de Oro de la tauromaquia y trasladarlos con fidelidad y personalidad al siglo XXI. En cada uno de sus paseíllos, en cada lance de capote, en cada muletazo cargado de intención, late la memoria de los grandes mitos del toreo, y entre todos ellos, uno ocupa un lugar de honor en su alma torera: Joselito El Gallo.

Desde sus inicios, Morante ha manifestado una profunda admiración, casi devocional, por Joselito, que no es solo un referente estilístico, sino una fuente de inspiración espiritual. El genio de La Puebla ha rendido tributo constante al menor de los Gallo, a quien considera un visionario que transformó la Fiesta desde sus cimientos. Morante ha llegado a estudiar sus formas, sus vestidos, su concepto de lidia y su filosofía del toreo como si se tratase de un evangelio personal.

Esta veneración no es un gesto romántico aislado. Se trata de una declaración de principios. Morante ha construido su carrera reivindicando el arte frente al espectáculo vacío, la pureza frente al efectismo. Sus formas añejas, que remiten directamente al toreo clásico, a los cánones inmutables del temple y la torería sin concesiones, son el resultado de una formación estética que bebe de la historia, del sentimiento y del respeto por los grandes maestros. En su toreo cabe la gracia barroca de la escuela sevillana, el empaque de Belmonte, pero sobre todo, el orden y el magisterio que impuso Joselito.


Morante se ha convertido, por méritos propios, en el paradigma del toreo actual. No porque represente la modernidad entendida como ruptura o innovación técnica, sino porque ha conseguido que lo eterno vuelva a estar de moda. Su toreo, ortodoxo hasta la médula y, sin embargo, personalísimo, ha devuelto al aficionado la emoción de lo genuino. En una época donde prima la inmediatez, Morante ha impuesto el ritmo pausado del arte; en un tiempo de números y estadísticas, él ofrece inspiración, silencio y misterio.

¿Qué le queda por demostrar a Morante? Muy poco, quizás nada. Su legado ya está escrito con letras de oro en la historia de la tauromaquia. Ha toreado con grandeza en las plazas más exigentes, ha emocionado a generaciones enteras de aficionados y ha sido capaz de conjugar la estética con la ética del toreo. Sin embargo, si algo distingue a Morante es su inconformismo artístico. No torea por cifras, ni por récords, ni por contratos; torea porque busca el toreo perfecto, esa faena imposible que solo se consigue en el terreno de los sueños.


Tal vez ese sea su mayor tributo a Joselito El Gallo: la fidelidad a una idea de la tauromaquia como arte total, como expresión profunda del alma y como acto de entrega absoluta. Mientras siga vistiendo de luces, Morante seguirá recordándonos que el toreo no es una técnica, sino un lenguaje ancestral que se transmite con el corazón. Y en cada pase suyo, en cada detalle cuidado, en cada silencio en la plaza, resonará la sombra inmensa de Joselito. Porque para Morante, el toreo, como la memoria, no muere nunca.

martes, 8 de abril de 2025

No es justo

 


Hablar de injusticia plantea idénticos problemas de definición que hablar de las vicisitudes del mundo del toro. ¿Es justo qué quien construyó el toreo, conviviendo con el valor y el arte, elementos asociados para la creación de la belleza sublime, se le reste méritos clasificatorios por el hecho de contribuir al indulto del excelente novillo que le propició cimentar tan excelsa obra? La única respuesta, en la que probablemente todos estemos de acuerdo, es la absoluta falta de coherencia en la reglamentación que dictamina las puntuaciones.

Porque según indica el acta del jurado del Circuito de Novilladas de Andalucía “En caso de indulto, sólo se obtendrá un punto en concepto de trofeos simbólicos y cero puntos por la espada”. Inaudito.

Pertenezco al jurado en la presente edición del CNA de la Fundación Toro de Lidia, y les prometo que sudé tinta para intentar no perjudicar a Ignacio Candelas en la puntación final tras la lidia del utrero indultado. Ese no puntuar por no utilizar el estoque y solo asignarle un punto, pese a ganar las orejas y el rabo simbólicos del gran novillo, lo dejaba fuera de la clasificación sin compasión. Y no es justo. 

Como tampoco sería justo restarle méritos a Pedro Gallego, ni al primer clasificado, Martín Morilla, no solo por la excelencia del toreo mostrado, ni como obra de arte total, sino por la perfecta fusión con la bravura.

El indulto ocurre. Ya no tan raras veces. Ocurrió en Marbella donde la gran faena de Candelas al gran novillo de Fermín Bohórquez no fue una quimera. Pero quien materializó este milagro se ha quedado fuera de las semifinales. Craso error.

La Fundación Toro de Lidia, que tan ejemplar trabajo está haciendo para dar oportunidades a novilleros y matadores de toros con posibilidades de futuro en los certámenes que organiza, debe subsanar tan garrafal fallo en la normativa de puntuación y, sobre todo, dar entrada en las seminales a quien con su toreo se la ganó. 

Ignacio Candelas no debe perder el tren que se le puso delante.



Por Manuel Viera

domingo, 30 de marzo de 2025

Bienvenido, irrepetible Morante

 


Si yo fuese pintor me gustaría ser Sorolla, que reflejó como nadie algo tan irreproducible como la luz. Si fuese escultor Benlliure, dueño del movimiento en un material tan inmóvil como una pieza de bronce. Si fuese compositor Mozart, el portento que con su música provocó sentimientos de difícil explicación con palabras. Si fuese montaña el Everest, el reto más alto del mundo. Si fuese mar el Mediterráneo, quizás porque mi niñez sigue jugando en su playa… Si fuese una flor la del azahar, que evoca el perfume de los campos de la tierra que me vio nacer. Si fuese cantante Sinatra, el nombre de la voz que se idolatra. Si fuese toro querría ser bravo hasta el final para quedarme por siempre en la dehesa de semental. Si fuese actor Robert de Niro, y si fuese torero el de La Puebla del Río.

José Antonio Morante, del arte del toreo un diamante gigante, del buen gusto amante, un flamante brillante de arte escalofriante. Cuando alguien me pide consejo para ver una corrida de toros por primera vez, siempre le digo: “Ves a ver a Morante”. Porque Morante es diferente aún cuando su sustento son los cánones más clásicos del toreo: parar, templar y mandar.

Morante manda y crea según la inspiración, y cuando ésta llega despierta los sentidos, pellizca el alma. Es genuino, auténtico, emocionante, arrebatador. Morante es armonía y belleza. Es arte conmovedor y vibrante. Es turbación y éxtasis.

Y como excelso artista también es impredecible. Hay momentos de lucidez y otros de turbiedad. Enigmas de los virtuosos, cosas de las musas. Lo cierto es que no suele estar a medias tintas porque no sabe fingir; blanco o negro, pero siempre Morante, por eso nunca deja indiferente. Quien le ha visto iluminado no lo olvida, y cada vez somos más quienes hemos tenido la suerte de paladear su toreo y de emocionarnos con él.

Muchos somos los que hemos podido disfrutar de la grandeza y majestad de su tauromaquia; tardes que puso a todos de acuerdo, actuaciones esplendorosas que le valieron orejas, rabos y premios; pero, sobre todo, emociones inolvidables, eso que vale más que cualquier abultada ficha de un festejo.

El de La Puebla es capaz de brindar la obra más maciza, de protagonizar un petardo sonoro o de derramar unas gotas de su particular esencia, suficiente para los buenos degustadores de los mejores caldos. Sea como fuere, no hay nada más bonito que ver torear a Morante ni nada más torero que una bronca a Morante.

El genio regresó a los ruedos el pasado fin de semana después de que su enfermedad mental le obligara a retirarse durante 210 días. Y volvió tal cual se marchó. Faena grande al primero y pitado en el segundo. Luces y sobras. Clarividencia y oscuridad. Vítores y abucheos. Siempre gracia y pellizco, también controversia; nunca indiferencia. Cosas de artistas inimitables e irrepetibles, cosas de Morante, el bienvenido, el bien hallado, el necesario.



Por Carlos Bueno

lunes, 17 de febrero de 2025

Taurocracia

 


Las ferias de Valdemorillo (terminada), Olivenza, Valencia, Madrid (rematadas), y la de Sevilla solo a espera de ajustar detalles, cantan ya la partitura de lo que será toda la temporada española 2025.

Tradición. Se mantiene la constante instaurada por el revolucionario siglo XVIII. Cuando los hermanos Romero, (Pedro, José, Juan y Antonio), junto a Costillares y Pepe Illo, no daban lado en los festejos mayores. Igual que no lo daban hace más de un siglo, Joselito, su hermano Rafael, Belmonte y Gaona. Hoy, las seis figuras en boga: Morante, Roca Rey, Manzanares, Talavante, Luque y Castella también copan las ocasiones grandes, pero además las medianas y no pocas de las menores. Tampoco dejan lado.

El resto: retirados de regreso, ex figuras de caduca vitola, aspirantes retadores, talentos errantes, toricantanos incógnitos…, que se acomoden como puedan. Bien reza la definición: Ser figura, es torear lo que se quiere, donde se quiere, cuando se quiere, cómo se quiere, con quien se quiere, y por lo que se quiere.

Se lo han ganado, dicen. — Acá manda el que interesa, el que puede con el toro, con los públicos y con los empresarios— Aunque a veces, en defecto de los anteriores requisitos, valga un buen padrino. Así ha sido y así es en todo. El toreo, espejo de la sociedad, lo refleja.

¿Justo? ¿Democrático? ¿Qué dice usted? En esto de hacer carteles, no hay democracia. No todos pueden ser elegidos para el honor de jugarse la integridad frente al rey de la fiesta. Ni siquiera en los caóticos encierros, capeas y corralejas, donde solo se ponen delante los más arrojados.

Así como no todos pueden invocar a mitad de un vuelo transoceánico el derecho a pilotear el avión, y si se les niega citar a votación. La realidad, democracia solo en política, y eso apenas en los discursos. Utopía. ”El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” no ha existido, no existe, y sus remedos y pantomimas (Hitler, un ejemplo), inducen a desear que ojalá no existiera. Los hechos son los hechos. La historia es la historia.

¿No sucede igual con la meritocracia? Que manden y toreen los que lo merezcan, los mejores, los que se lo hallan ganado. A sabiendas de que como advertía el teórico Michael Young (2001): “cuando quienes son elegidos con mérito suficiente para algo en particular, se consolidan como nueva clase, y ya no dejan espacio a otros”. Pasa. El público soberano los vota. La taquilla también es urna electoral. Perdón, ¿soberano el público? ¿No hay un súper poder, capaz de volverle noche el día, y manejarlo a discreción?

Democracia, meritocracia…, “nosotros el pueblo” tiene derecho a obedecer. En todo; arte, filosofía, ciencia, técnica, economía, deporte, religión, tauromaquia... ¿O acaso decide qué consumir o a quién idolatrar? ¿No se encarga de eso la publicidad, y ahora, la inteligencia artificial?

Los aficionados recreamos y conjuramos la frustración de las utopías con la corrida. Vamos a la plaza, donde debe reinar el toro (la naturaleza) y torear (la verdad) los que valen (la humanidad). Y aunque no pocas veces salgamos renegando: — “mañana vendrá a verte tú madre…”  —siempre volvemos. Creyentes de qué pese a todo, la nuestra, la taurocracia, es más real y más feliz que todas las otras “cracias” y “descracias”, y que allí estamos mucho mejor. Vamos, vamos, la temporada pinta bien…, el mundo no.

Por Jorge Arturo Díaz Reyes