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martes, 13 de agosto de 2024

Casos históricos...

 Era la tarde del 23 de julio de 1.860, cuando sale al ruedo portuense un toro d la ganadería de D. Joaquín Jaime Bordero, llamado "Contador". Su lidiador Antonio Sánchez "El Tato" lo recibe y saltan al ruedo los tres varilargueros montando sus caballos aún sin petos. Los picadores eran, Antonio Calderón, Juan Alavés y José Trigo. Entre los tres propinaron 39 puyazos al toro, sin q le mataran ni voltearan ningún caballo. 
Tal fue la euforia del público q llenaba los tendidos de la plaza en su totalidad, q pidieron el indulto de las res antes de empezar el lidiador a prepararla para la suerte suprema, a lo q accedió la presidencia del festejo, y el "Tato" no llegó ni a coger la muleta. Los tres picadores abandonaron la plaza recibiendo elogios del público.

Aquel 23 de julio de 1.860, quedo en la historia como la primera vez que se indultó un toro en El Puerto de Santa María, una vez finalizado el tercio de varas.

domingo, 11 de agosto de 2024

Eran las cinco en punto de la tarde...

 ESPECIAL XC ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS

Álvaro Rodríguez del Moral

La Edad de Plata ya se había iniciado el año 1920 en la enfermería de Talavera de la Reina mientras Ignacio sostenía la cabeza yerta de su cuñado Joselito. Concluía la Edad de Oro del toreo y, con ese ocaso, se iniciaban tres lustros de toreo tan cruentos como luminosos que iban a concluir el el 11 de agosto de 1934 –ahora se cumplen 90 años- en el traslado agónico de Ignacio Sánchez Mejías desde Manzanares a Madrid.  

Ignacio Sánchez Mejías remontaba la carretera polvorienta de Andalucía, apestada de la misma gangrena que ya trepaba por sus muslos. Se estaba sentenciando toda una época mientras las medias rosas del torero se empapaban en su sangre derramada. En medio de aquellas dos muertes se dibuja la propia trayectoria del polifacético matador, una figura imprescindible sin la que no se puede entender la efervescencia artística y cultural de una década fundamental: los años 20. Menos de dos días después de ese viaje terrible llegaba el fin irremediable de aquel “andaluz tan claro, tan rico de aventura”.

miércoles, 30 de agosto de 2023

El toro del guarismo

 

Los toros lidiados en la temporada de 1973 estrenaron el número del año ganadero con el que habían sido herrados entre 1968 y 1969 a raíz de una campaña pretendidamente integrista

A partir de 1969 los toros empezaron a ser marcados con el año ganadero en el brazuelo

Con el fin de la década de los 60 concluyeron muchas cosas. También en el toreo que, haciendo siempre buena la sentencia de Ortega y Gasset, era y sigue siendo el mejor termómetro para medir la propia historia de España. Aún reinaban los colosos de la década prodigiosa en un año, 1969, que contempló el último pronunciamiento de Manuel Benítez ‘El Cordobés’. Se acababa un tiempo y comenzaba otro. Y el toreo –la historia siempre se repite- no era ajeno a la crispación que empezaba a empañar el definitivo cambio de época. Se hablaba de abusos, integridad... Algunos supieron sacar pingües beneficios de aquellas aguas revueltas enarbolando la bandera –siempre dudosa- del purismo.

jueves, 26 de enero de 2023

Historia: El peto en los caballos

 



 Historia cronológica

Muchos fueron los caminos recorridos hasta que el peto de los caballos de picar se instituyó de forma definitiva para protección y defensa de equinos y montados. Y muchos más trayectos se han dado hasta la última disposición relativa, como se recoge en el artículo 65 del actual Reglamento de Espectáculos Taurinos, que regula los pesos de los petos y composición de los mismos.






martes, 13 de septiembre de 2022

La tradición taurina de Salamanca

 


Son muchas las localidades españolas cuya historia está ligada a la tauromaquia. Pero si hay una provincia ligada al toro esa es Salamanca, que esta semana celebra sus fiestas.


Hasta allí viajamos para conocer su origen taurino, con epicentro en la plaza Mayor. Vamos a conocer un poco más de historia del toreo
El toro está presente en Salamanca hasta en su escudo, como imagen venerada y como homenaje a su campo charro y a las dehesas donde se crían los toros bravos.

La tradición taurina de Salamanca es aún más antigua que su plaza Mayor. Antes de su construcción (1729 – 1756), en esos terrenos existía una plaza primitiva de la que se decía que “era la más grande de la cristiandad”. Allí se celebraban ferias de ganado, el mercado… y toros. Ya en 1691 se llegaron a lidiar en Salamanca 20 toros con motivo de la canonización de San Juan de Sahagún, patrón de la ciudad.

La construcción de la plaza Mayor permitió seguir celebrando festejos taurinos. Tan importante ha sido siempre el toro en Salamanca, que cuando se construyó el arco de San Pablo se le otorgó el nombre de Arco del Toril, pues ahí se ubicaban los chiqueros.

En 1840 se construyó la Plaza de toros del campo de San Francisco, lo que provocó que la plaza Mayor dejara de acoger festejos. Pero hubo excepciones. En octubre de 1846 volvió a acoger toros con motivo de las nupcias de Isabel II y en la década de 1860 por San Mateo hasta que en 1893 se inauguró La Glorieta. En 1972 la plaza Mayor volvió a ser el escenario de una corrida de toros con el rejoneador Álvaro Domecq, el malogrado José Falcón, Gabriel de la casa y Juan José Gil.

 La última vez que la plaza Mayor de Salamanca se transformó en una plaza de toros fue en junio de 1992 con motivo de la Feria Universal Ganaderia. Torearon Ortega Cano, Víctor Mendes y César Rincón con toros de Sepúlvedafue retransmitida por RTVE.



Una de las reminiscencias taurinas de Salamanca es colocar, cada 25 de julio, la Mariseca. En la espadaña del Ayuntamiento se coloca la silueta de un toro junto a la bandera para anunciar la llegada de la feria taurina.

miércoles, 29 de junio de 2022

EL PLEITO DE LOS MIURAS

 


Vamos a recordar en estas páginas un acontecimiento taurino que se puede considerar como histórico, pues en él confluyen las condiciones que hace que los libros lo recuerden; y la principal de esas condiciones son los nombres de los protagonistas de esto que aconteció al terminar la temporada del año 1908, a saber: Ricardo Torres,
Bombita para la Historia de España; Rafael González, Machaquito para esa misma aventura llena de dichas y desdichas que es la crónica de nuestro viejo país; y además el que probablemente sea el mejor ganadero que ha existido jamás, don Eduardo Miura Fernández, el patilludo criador de toros que forjó la leyenda más grandiosa que nunca unos animales hayan podido tener (esto lo digo por los “amantes” de los animales que tanto denostan nuestra Fiesta; no hay mayor ecologista que un criador de reses bravas que da la oportunidad a un animal de lucir con orgullo un apellido que le permite salir del anonimato, además de que, y más importante y claro, permiten que exista esta raza única)



Tres años antes de ese año de 1908 se había creado la Unión de Criadores de Toros de Lidia, hoy Asociación centenaria por tanto, por la cual los ganaderos tomaban fuerza ante los coletudos, siendo la máxima expresión de ello el hecho de que cualquiera de ellos se comprometía a no embarcar sus toros para plazas regentadas por empresas que se plieguen a las imposiciones de algún espada de no lidiar alguno de los Toros de los miembros de la Unión –ciencia ficción hoy en día.  Está claro que en este punto al lector se le viene a la cabeza la palabra Miura. Pero además se dan dos circunstancias más que centran la cuestión en la mítica ganadería, por un lado ese año el que preside la Unión es precisamente don Eduardo (lo que personifica aún más en la ganadería esta decisión) y también, el ganadero criaba todos los años unas muy largas camadas, por lo que la probabilidad de que los toreros se tropezaran por esas plazas de Dios con los pupilos salidos de Zahariche era bastante elevada.


Llegado a este punto hay que hacer un pequeño inciso en lo referente a los vetos de los toreros a determinadas ganaderías. No era nada nuevo, las grandes figuras anteriores al torero de Tomares y al cordobés Machaquito lo habían hecho en mayor o menor medida y posteriormente a ellos se siguió haciendo y se hace, solamente que no de una manera oficial, por decirlo de algún modo, existiendo toreros que pasan a la Historia de la Tauromaquia, o tienen esa intención de hacerlo, sin haber lidiado jamás un encierro de algunas ganaderías que forman parte, y más que ellos, de esa historia a la que pretenden acceder, evidentemente Miura es una de ellas.

jueves, 13 de mayo de 2021

Patrón de los toreros.

 


Hoy se celebra la festividad de San Pedro Regalado. Patrón de Valladolid y patrón de los toreros.

Nacido en 1390, fue canonizado en 1746 por Benedicto XIV. A él se le atribuyen varios milagros, con varios episodios de bilocación y sobre todo el milagro con un toro bravo ⤵️
Cuenta la historia que una madrugada, en la festividad de la Anunciación de la Virgen María, se desplazaba junto a otro religioso desde el convento del Abrojo, en Laguna de Duero, a Valladolid.
✋🐂Un toro bravo, que se había escapado de una corrida, se apareció delante de ellos. Pedro se acercó al toro y le ordenó que se agachase. Y el animal se sometió a él. Regalado le quitó los hierros, le bendijo y le mandó partir sin hacer daño a nadie.
Esto derivó en una tradición ancestral donde los toreros iban a su Monasterio para bendecir sus capotes. En 1951 fue nombrado como patrón de los toreros.
Precisamente, cada año, la ASOCIACION TAURINA VIRGEN DEL VILLAR de Laguna de Duero, donde vivió San Pedro Regalado, celebra cada año el "Toro de Cajón" para celebrar esta festividad

El Viti, sesenta años de leyenda

 

Por Paco Cañamero

El trece de mayo de 1961, del que el jueves hará 60 años, no fue un día más. No, fue realmente una fecha que ha quedado escrita en los legajos de oro de la Tauromaquia, porque ese día Santiago Martín ‘El Viti’ toma la alternativa. 

El maestro de Vitigudino, que ese día aupa su nombre al Olimpo del toreo tras rubricar una de las cimas de su carrera. Llegaba ya Santiago de novillero estrella tras rendir Madrid a su arte la anterior campaña y acaparar máximo interés en las mejores novilladas celebradas en 1960.

En el momento que recibe la alternativa de manos De Gregorio Sánchez

domingo, 4 de abril de 2021

Para coleccionistas

Desde Valverde del Camino nos envían una joya del coleccionismo de la cartelería taurina. 
El gran aficionado José Antonio Romero tiene la bondad de compartir en nuestra página uno de los tesoros que guarda como oro en paño. 
Fue un  Domingo de Resurrección del año 1939 , recién concluida la guerra civil española, cuando  la localidad onubense reinicia la actividad con un festejo interesante donde participaron en un mano a mano , Chicuelo y Laine con las reses  vazqueñas de Concha y Sierra que por entonces era uno de los hierros punteros de la época.. Dos diestros de contrastados estilos , la gracia del sevillano y la valentía del onubense que según reza en la crónica del diario Odiel fuel el triunfador de la tarde.
Un documento que a nivel provincial refleja la importancia de la plaza y la solera de la afición valverdeña  . En un  tiempo en que la tauromaquia servía como nexo de unión para que todos los aficionados se reconciliasen disfrutando de la  efervescente pasión de los ruedos ibéricos. 

 

domingo, 21 de febrero de 2021

BARCELONA, INVIERNO DE 1931

 Por Santi Ortiz

En su desvergonzada manera de fabricarse un relato que justificara su reivindicación secesionista, el nacionalismo independentista catalán no ha sentido escrúpulos a la hora de tergiversar burdamente la Historia, manipular a tal fin los libros de texto y construir toda una teleología que viniera a desembocar en la ineludible independencia de Cataluña, a guisa de la que en los libros de texto franquistas encaminaba todo lo acontecido en España, desde los iberos y celtas a Zumalacárregui, desde Viriato a Agustina de Aragón o desde Don Pelayo a Alfonso XIII, a justificar el advenimiento del glorioso Alzamiento Nacional que elevaría al caudillo Francisco Franco a Generalísimo de todos los ejércitos y a omnímodo Jefe del Estado.

Entre las mentiras con que el independentismo catalán ha pretendido distanciarse de España, figura la de sostener que las corridas de toros son algo netamente español, pero no de Cataluña. Lo malo de decir sandeces es que el pasado es terco y el fortísimo arraigo de la fiesta de los toros en esta comunidad autónoma es algo tan documentado que sólo un granuja osaría negarlo y un necio creerle.

Tomando a Barcelona de epicentro, tenemos muchas épocas adonde acudir para ilustrar su apasionada afición a los toros. Podríamos dirigirnos a los años cuarenta, con Manolete; a los cincuenta, con Chamaco; a los sesenta, con El Cordobés, y así sucesivamente hasta llegar a los fervores desatados por José Tomás. Sin embargo, voy a hacer que la máquina del tiempo remonte hasta el invierno de 1931; esto es: hace noventa años.

jueves, 24 de diciembre de 2020

PADRES E HIJOS EN LOS RUEDOS ONUBENSES

 

Por Vicente Parra Roldán

En ese análisis de parientes que han actuado en los cosos capitalinos a lo largo de la historia, nos vamos a detener en esta ocasión en los padres e hijos que han hecho el paseíllo en el albero onubense.

Y hay que empezar por Juan Belmonte, quien debutó en Huelva el 6 de junio de 1.913 mientras que su hijo Juanito lo hizo el 22 de mayo de 1.938. 

También de aquella época es la presentación de Manuel Rodríguez “Manolete” que lo hizo el 5 de septiembre de 1.910 y su hijo El Monstruo de Córdoba estuvo por vez primera en la plaza choquera el 11 de septiembre de 1.935. 

 

Otra familia cordobesa de aquella época fue la de los Palmeños. El padre, Manuel García, debutó el 6 de septiembre de 1.928 y su hijo, del mismo nombre, lo hizo el 3 de agosto de 1.963.

En fechas más cercanas encontramos a los madrileños Aparicio. Julio padre se presentó en Huelva el 4 de agosto de 1.949 y su hijo, Julio, lo hizo el 31 de julio de 1,987. Unos años antes, el gaditano Emilio Oliva -padre -actuó el 19 de marzo de 1.966 y su hijo Emilio lo haría el 15 de octubre de 1.983 en la plaza ubicada en la Hispanidad.


Los Manzanares también protagonizan esta historia. José María padre , el fino torero alicantino estuvo por vez primera  el 2 de agosto de 1.977 en la  desaparecida Monumental y su hijo lo hizo en La Merced el 2 de agosto de 2.003.

El gaditano Antonio Barea actuó en la jornada del 8 de octubre de 1.972 y su hijo, también llamado Antonio, lo hizo en una novillada de promoción celebrada el 1 de mayo de 1.994. La novillera  malagueña Mary Fortes toreó el 2 de agosto de 1.976 en la Monumental y su hijo Saúl lo hizo en La Merced el 1 de agosto de 2.017 durante una clase práctica. 

 
Otra saga fue la de los  valientes hermanos venezolanos de los Girón. César pisó el albero onubense el 3 de agosto de 1.960 mientras que Efraín actuó el 19 de marzo de 1.966.

De esta relación no hay que olvidarse de las familias onubenses. Así, Diego Ortiz “Niño del Tercio” debutó el 28 de mayo de 1.935 y su hijo Diego Gómez “Dieguín” o “El Niño del Tercio” lo hizo el 31 de agosto de 1.958. 

Eugenio Barroso “El Nono” debutó el 19 de junio de 1.951 mientras que su hijo Francisco lo hizo el 30 de julio de 1.993. Manuel García Cepeda actuó por primera vez en  una novillada el 14 de julio de 1.957 y su tristemente desaparecido hijo Bartolomé actuó en la plaza Monumental el 24 de julio de 1.981 en una becerrada.

Curro Medrano lo hizo el 29 de junio de 1.968 y su hijo Jesús el 4 de agosto de 1.886. Y el 13 de julio de 1.963 actuó Alfredo Fernández y el 4 de septiembre de 1.989 lo haría su hijo con el nombre de Jorge Buendía. También en esa época se presentaría José Conquero “Panaderito”. Fue el 8 de septiembre de 1.967. Años después, el 1 de agosto de 2.013 lo haría su hijo Alejandro.

Nota del autor.- El duende de las redacciones sigue vigente y, al transcribir el artículo anterior dedicado a los padres e hijos que han actuado en los cosos choqueros, dos párrafos desaparecieron. Los mismos dicen lo siguiente:

“No hay que olvidarse de la saga de los Vázquez. La abrió Pepe Luis, que toreó por vez primera en Huelva el 11 de septiembre de 1.938. Su hermano Manolo lo hizo el 8 de septiembre de 1.951 y su otro hermano, Juanito, debutó el 5 de agosto de 1.956. Hubo que esperar hasta el 31 de julio de 1.979 para que lo hiciera su hijo Pepe Luís.



jueves, 10 de diciembre de 2020

UNA LARGA, UN LITRAZO Y UN CARTUCHO DE PESCAO

Por Santi Ortiz

A raíz de mi artículo “Tres suertes con historia”, un lector, amigo y buen aficionado, me formuló la siguiente sugerencia: “En un futuro, si vuelves a tocar este palo, podrías hablar del litrazo, hoy en día desaparecido; el cartucho de pescao, también casi en desuso, o la larga cordobesa, para que los comentaristas de la época actual no la confundan…” 

 Me pareció sugerente su propuesta, y heme aquí dispuesto a darle gusto, para tratar de un lance decimonónico y dos cites que abren y cierran el paréntesis de una década que va de finales de los años treinta a las postrimerías de los cuarenta.

Respetemos el orden cronológico y el de lidia, que siempre el capote precedió a la muleta. Comencemos por tanto con la denominada “larga cordobesa”, creación de uno de los toreros más insignes de toda la historia de tauro: Rafael Molina, Lagartijo, a quien la pluma de Mariano de Cavia –escritor que firmaba sus crónicas con el seudónimo de “Sobaquillo”– otorgó el título de Califa del toreo, primero del quinteto que completarían después con igual rango: Guerrita, Machaquito (a título póstumo), Manolete y El Cordobés.


Como su nombre indica, la suerte debida a Lagartijo pertenece a la familia de las “largas”; familia numerosa ésta a medida que el toreo, con el paso del tiempo, fue ampliando su repertorio. Originariamente, la larga se definía como “suerte de capa a una mano en la que el diestro cita al toro de frente y tirando del capote le lleva en él empapado hasta el remate”. Pertenece, pues, al repertorio del toreo a una mano, hoy prácticamente en desuso. No así en los tiempos de Lagartijo y Frascuelo, cuando la forma más habitual de sacar a los toros del caballo o hacerle el quite al picador tras un derribo era a base de recortes y largas, en las que el torero echaba el capote a la cara al toro soltándole una mano y lo traía por derecho empapado en él hasta el remate final.

La aportación de Lagartijo tenía que ver con el remate de la suerte, pues una vez que, tras haberlo llevado toreado en derechura, despedía al astado haciéndolo pasar bajo el capote, al mismo tiempo se echaba éste con singular donaire al hombro del lado de salida, dejándolo que colgara como un manto, mientras, con un aplomo rayano en displicencia –¿reminiscencia de la Córdoba mora?–, comenzaba a alejarse del toro, dándole la espalda con garboso andar y sin casi dedicarle una mirada.

Es cierto que las suertes del toreo, en particular aquellas a las que el torero les acuña su nombre, se nutren de cierto atributo sobresaliente que aquel les imprime para elevarlas de rango. Por ejemplo, la majestad y seriedad de Manolete hacen de la manoletina algo más que un puro adorno. En la chicuelina de Manuel Jiménez, Chicuelo, destaca magnificándola el alado soplo de la gracia, y en esta larga cordobesa de Lagartijo, impera por encima de todo la elegancia; esa distinción natural suya, esa sobriedad, esa frescura, ese sosiego, que le confieren un halo escultural dentro de la estética taurina capaz de enamorar a cualquier público; sobremanera al de Madrid; no en vano, desde su doctorado, toreó en la capital de España –según revistas de su tiempo–, la increíble cifra de 404 corridas de toros. ¡Ahora que venga otro y lo iguale!

Hoy, que la larga sirve muchas veces de remate a una serie de verónicas, es otro lance. Para calificarla como cordobesa el torero debe salir de la suerte con la capa al hombro, y así, muy de tarde en tarde, podemos contemplarla. Sin embargo, actualmente el inicio se hace embarcando al toro con las dos manos y una vez embebido en la capa, se le suelta la mano de dentro para irlo toreando con la de salida hasta el final. En tiempos de Lagartijo, como hemos señalado antes, no era así. Desde el inicio, al toro se le traía a una mano, pues ya con una sola se le echaba el capote a los hocicos para hacerlo embestir.

Esta suerte, que tantas satisfacciones procuró al primer Califa, también le ocasionó una de sus mayores tristezas, porque ejecutándola, un toro de su ganadería hirió mortalmente en Córdoba al que fuera su muy estimado banderillero Manuel Martínez, Manene. Un suceso trágico; una sombra doliente que acompañaría a Lagartijo durante los doce años que Manene lo estuvo esperando.

*


Hasta en las tardes que Sevilla saca a pasear por su cielo el gris plomo de sus nubes, y el contraste con el dorado albero y las enjalbegadas columnas de sus arcos pone en La Maestranza una luz especial con cierto tono de severo recogimiento, el toreo de Pepe Luis –inspiración mediante– es luminoso. Hay una luz espiritual que nimba la naturalidad de su figura, su sosiego, la intuida certeza de su sabiduría, su condición de preclaro geómetra, de depositario de ese conocimiento que trasmina en los aires de su barrio natal de San Bernardo después de toda una vida pariendo grandes toreros.

Y además de luminoso es alegre. Sólo hay que memorar esa carrerilla rubia, desenfadada, inocente, con que incitaba al novillo a embestirle de largo, cuando la gente se asombraba –¡Pero si es un niño!– en aquellas primeras apariciones maestrantes donde su voz juvenil parecía el repique jubiloso de un cimbalillo giraldillero. Ya entonces esa carrerilla la hacía sosteniendo en la mano zurda la muleta plegada mostrándola como si llevara en aquella un “cartucho de pescao”; ese cartucho con lunares de aceite, lleno de “pescaíto frito” al que tan aficionados eran y son los sevillanos. De ahí le vino el mote al cite pepeluisista, colocado el torero en el tercio o los medios para iniciar la faena llamando de largo al toro, al que dejaba venir por su terreno. Cuando éste iba llegando a su jurisdicción, desplegaba el engaño, se lo adelantaba y, a continuación, le engendraba el pase natural. Completemos la descripción apuntando que el cite era de frente, relajada la planta, como podemos verlo hoy en el monumento que Sevilla le levantara frente a La Maestranza, al otro lado del Paseo de Colón, donde parece citar a un distante toro invisible que se le viniera desde la Puerta del Príncipe.

Si en la larga cordobesa imperaba sobre todo la elegancia, en este cite de Pepe Luis Vázquez destacan el salero y la alegría. Toda la sevillanía que la ciudad del Betis ha donado al toreo; todo ese acento que inauguraría Chicuelo, adquiere en el torero de San Bernardo –“el Sócrates de San Bernardo” le llamaron por su inteligencia y conocimiento del toro y el toreo– una dimensión nueva, perfumada de naturalidad y clasicismo. Pepe Luis encarna la antonomasia torera de Sevilla y, aunque su “cartucho de pescao” provenía de El Espartero –como su abuelo le hizo saber–, fue el icono al que él dio sello propio para preludiar tantas tardes esas faenas de maravilla, breves de metraje, pero imperecederas en el recuerdo, con que alborotó a los públicos de España y América, cuando las musas le asistían y su apatía y falta de ánimo no entraban en escena.

*

Cambiemos el registro de la elegancia y la sal por el de la
imperturbabilidad y el aguante. Sí, mudemos las alas, por la roca; el vuelo, por la estatua; el gozo por la angustia; la certeza por el suspense. Entremos, pues, en el terreno del valor más hierático; penetremos en la circunscripción de Litri, de aquel Miguel Báez Espuny, que en 1949 pulverizó todos los records hasta entonces de festejos toreados en un año, vistiéndose de luces en 115 novilladas.

Litri es un estoico con misterio. De exiguo repertorio, lograba enervar a las masas con el hermetismo de una personalidad que se asomaba a su impávido rostro y se erguía sobre la más estricta quietud de zapatillas. El aire ausente de Miguel Báez contribuía a acrecentar aún más el impacto que producía su “litrazo”, suerte ésta que he visto tratada en algún diccionario taurino con notables inexactitudes.

El “litrazo” –bautizado así por la prensa– consistía en citar al toro muy de largo, pecho por delante, muleta en la izquierda y escondida tras el cuerpo, dejándolo llegar, inmóvil, a pies juntos, sin sacar el engaño hasta que la cogida parecía inevitable. Era entonces cuando Litri le enseñaba la tela sin adelantarla y conseguía desviar el toro de su cuerpo con un pase natural. Para ejecutar el “litrazo”, el espada necesitaba reses de alegre y pronta embestida, que se vinieran de lejos. A veces, el torero colocaba al burel en un tercio y se iba al tercio opuesto, así el toro tenía que recorrer veinte o más metros para llegar a Miguel. Cuanta más distancia, mejor, porque el contraste entre el movimiento agresivo del toro y la absoluta inmovilidad del diestro se acentuaba, mientras la amenaza de los pitones iba cubriendo inexorable el espacio que separaba a ambos, retardando el desenlace y aumentando el tiempo de la intriga, la incertidumbre y la angustia de los espectadores, con lo que se multiplicaba el impacto que producía en éstos. Este impacto todavía se potenciaba más si Litri ejecutaba la suerte mirando al tendido o tenía que aguantar extraños o parones del toro antes de que éste le llegara, cosa que superaba sin mover un músculo ni alterar un ápice el gesto impenetrable de su cara.

Aunque el “litrazo” original es con la mano izquierda, posteriormente Miguel también lo ejecutó con la derecha, pero la impresión que producía esta variante no era tan intensa, tal vez porque, al llevar la muleta armada con el estoque, no quedaba tan escondida tras el cuerpo del diestro y eso restaba suspense a la misma.

*

Concluimos aquí este somero repaso de tres suertes triunfadoras; tres suertes que fueron ardorosamente demandadas por el público cada vez que cada uno de sus progenitores salía al ruedo, a sabiendas de que con ellas sería conducido al prodigioso reino de las emociones.

 

lunes, 30 de noviembre de 2020

TRES SUERTES CON HISTORIA

 

Por Santi Ortiz

    
Ninguna de las tres pertenece a la arqueología taurina, de aquellos
tiempos del paleolítico del toreo a pie, cuando la muleta era un brevísimo y mero auxiliar de la estocada. Ni siquiera de cuando Belmonte comenzó a trocar el papel secundario de la franela roja por el de protagonista. Para saludar su nacimiento, hemos de retroceder sólo hasta la denominada Edad de Plata e incluso pararnos en tiempos más modernos, como ocurre con la última de ellas.

     Ninguna de las tres se roza siquiera con el toreo fundamental, como no sea para abrocharlo y darle realce. En este sentido, pueden calificarse de adornos, pues sirven para dar un aspecto más bello y agradable a la tanda que las ha precedido, ya que las tres pertenecen a la categoría que en la jerga taurina se conoce por “remates”. Son, pues, pases individuales, que no admiten su concatenación en tandas, sino que estallan en su efímero colorido para dar brillo a los instantes que alientan su singular pellizco.

     Dos de ellas poseen genes mexicanos y la otra, españoles. Las tres tienen nombre propio y una particular historia, y, atendiendo a su orden de aparición en las plazas, son: el pase del desdén, el pase de las flores y la arrucina. Gocemos del placer de la charla taurina, hablando un poco de ellas.

    


El pase del desdén
vio la luz primera en la plaza mexicana de El Toreo, el 17 de febrero de 1924, traído por la inspiración de Rodolfo Gaona, en un festejo a beneficio de Juan Anlló, Nacional II, que reaparecía en la arena de la Condesa tras la cornada que le infirió, el día de Reyes, un toro de Piedras Negras en ese mismo ruedo. Nacional II, gozaba de un gran cartel en la capital mexicana y contribuyó a colgar el “No hay billetes”, junto a Gaona y el madrileño Valencia, para lidiar otro encierro de la ganadería que le ocasionó el anterior percance.

     Rodolfo, que estuvo bien en sus dos toros, realizó al cuarto de la tarde –“Revenido”, de nombre y el más terciado del sexteto– la faena más larga vista hasta entonces en México. Exprimido el astado en celo, codicia y bravura, dio lugar al momento que recoge la foto en el que un Gaona relajado y vertical, con un abatimiento de muñeca que se transmite a palillo y tela, deja la muleta fuera de la vista del cornúpeta, que sigue su camino, mientras el diestro azteca parece despreciar el peligro que, por claro y dócil que sea, siempre acompaña al toro.

     Es el primer pase del desdén del que se tiene noticias, siendo muy numerosa la cantidad de intérpretes que, a lo largo del tiempo, la suerte ha tenido. En ella, el torero esconde la muleta de la vista del toro con un rápido, aunque no brusco, toque de muñeca hacia abajo que pone vertical el destaquillador y deja la tela, pegada al muslo izquierdo, alfombrando con parte de su superficie la arena.

     Generalmente, aunque tiene la espectacularidad de transmitir un dominio sobre el burel a fuerza del desprecio que el torero parece mostrar por él al cortar su viaje, pierde categoría al no llevar toreado al toro en ningún momento: se le quita el engaño de la vista y se lo deja pasar. Sin embargo, ejecutado por José Tomás –véase la foto que encabeza el texto– adquiere una dimensión y una profundidad distintas. Todo es porque la Estatua de Galapagar sí lleva toreado al toro, que no pasa, sino que curva su embestida en pos de la tela que se le escapa por debajo del hocico. Concebida casi siempre  como colofón de una tanda de cuatro a seis mayestáticos estatuarios, la impávida quietud del torero, ensimismado, la barbilla hundida en el pecho, el temple en la tela y un estado mental de abstracción como si estuviera orando, me inclinó a bautizar la suerte como “pase del recogimiento”, pues más que desdén es una profunda introversión espiritual la que emana de su figura erguida e inmóvil. En su concepto tomasista, la suerte gana mucho en categoría y en el impacto que produce en los tendidos.

    

Cambiemos de escenario para situarnos en la Feria de Julio de Valencia de 1933. Tercera de las ocho corridas anunciadas. Día de Santiago. Vicente Barrera, Manolo Bienvenida y Victoriano de la Serna, se anuncian para matar un encierro de don Félix Moreno (antes Saltillo).  Tercer toro de la tarde, “Pajadero”, cárdeno, bravo y con mucho celo. La Serna arma un auténtico alboroto toreando a la verónica con su peculiar estilo –la daba de frente, el compás ligeramente abierto, con verticalidad de plantas asentadas y con las manos tan bajas como alto era su temple–. El tercio de quites resulta memorable. Lucidamente, intervienen los tres matadores y La Serna cierra esplendoroso. Cumplimentado el segundo tercio, el diestro castellano –oro viejo y plata– se dirige, montera en mano, hacia una localidad del tendido. La figura del pintor Carlos Ruano Llopis se alza convocada por la montera en brindis. De las manos del genial torero de Sepúlveda pasa ésta a las del afamado artista de Orba. De la emotividad segoviana a la sensibilidad alicantina. De la inspirada heterodoxia de Victoriano a uno de los mejores cartelistas de toros de todos los tiempos. Dos personalidades con el misterio del arte en las entrañas unidas por el hilo invisible de un respeto y admiración recíprocos.

     La faena de muleta alcanza cotas memorables. Tras los ayudados de inicio y los naturales, La Serna se lleva a “Pajadero” a los medios para, al son de la música y con un temple inverosímil, ligar las tandas con la derecha, una de ellas rematada con un personalísimo pase cambiado por la espalda, liándose la muleta y el toro al cuerpo, que hace botar de entusiasmo a los espectadores y a Ruano pergeñar un rápido apunte en su libreta de dibujos. Tiene donde elegir, pero ese pase ha iluminado la mente del maestro y ya concibe la forma de corresponder al brindis del torero. Concluida la lidia, a Victoriano le conceden las orejas y el rabo. La corrida sigue, pero la faena de la tarde ya ha sido realizada.

     Pasa un tiempo. Animado por Juan Silveti y Gaona, Ruano Llopis viaja a México y se queda prendado de la nación azteca, a la que de nuevo viajará en 1934 para establecer en ella su definitiva residencia hasta su muerte. Aprovechando el corto intervalo de estancia en España entre los dos viajes, obsequia a Victoriano con la única pintura que dará nombre a un pase. En él reproduce el pintor aquel cambiado por la espalda que sirvió de remate a una de las tandas de derechazos al toro del brindis. Como puede apreciarse en la foto que acompaña al texto, la serena verticalidad del espada se pasa por detrás al toro de derecha a izquierda, mientras, en la parte superior derecha del cuadro aparece, como objeto decorativo, un manojo de rosas que perfuman la escena desde lo alto. De esas flores y de la notoriedad que adquiere la pintura en los carteles reproducidos por la litografía Ortega, el remate tantas veces ejecutado por La Serna sería bautizado como “pase de las flores” y así se ha quedado hasta la actualidad, aunque lo que hoy habitualmente llamamos pase de las flores es una suerte distinta –sirve de inicio y no de remate, a una serie de derechazos, y el cite es de largo y no en corto como el de Victoriano– a la que algunos denominan “capeína”, en honor de Pedro Moya, Nño de la Capea.

    


Sigamos en Valencia y en julio, pero ahora en 1945. Su feria anuncia nada menos que nueve corridas de toros, a pesar de que Manolete está fuera de circulación desde que un toro en Alicante, a finales de junio, le fracturase la clavícula izquierda sin que pueda regresar a los ruedos hasta primeros de agosto en Vitoria. Veinticuatro horas después de dicho percance, Arruza es corneado en Burgos, con lo que los dos máximos puntales de la temporada dejan huérfanos por un tiempo al toreo obligando a los empresarios a recomponer carteles y hacer juegos malabares para minimizar las pérdidas. Menos mal que Arruza se recupera a tiempo para torear en Valencia, lo que hace en siete de los nueve paseíllos del ciclo ferial. Y no pasa el mexicano por él, precisamente, de puntillas, pues el cómputo de trofeos que arroja su ciclónica andadura por el coso de la calle Xátiva es de quince orejas, tres rabos y dos patas.

     Arruza, torero completo, que banderillea, torea y mata, viene a ser como un contrapunto de Manolete. A la sobriedad del de Córdoba, opone el azteca su espectacularidad; al sosiego, el torbellino; a la seriedad, la simpatía; a la estática, el dinamismo, al cite sin cruzarse de Manuel, Carlos se mete más allá del pitón contrario. Pero todo realizado con la misma verdad, el mismo valor, la misma honradez.

    


También, al escueto repertorio manoletino, opone Arruza la prodigalidad de suertes y adornos que llevan a los públicos al entusiasmo. Los molinetes de rodillas, los pases mirando al tendido, el desplante que él inventara colocando el codo en el testuz del toro y que el público bautizó “el teléfono”, llevan al gentío a un desbordante y angustiado entusiasmo. Igualmente ese muletazo de su invención al que dio nombre –arrucina–, con el que conseguía en los tendidos un frenesí delirante. Si observan la foto que acompaña al párrafo, comprenderán el porqué del alboroto. La imagen pertenece a una de las corridas de la feria valenciana que comentamos y no sabemos qué admirar más si la manera de fundirse el torero con el toro –en la arrucina, al citar por el lado izquierdo del diestro, llevando la muleta por la espalda cogida con la mano derecha, la superficie del engaño que se ofrece al toro es tremendamente pequeña y éste no tiene más remedio que pasar muy cerca, casi atropellando al diestro– o la pericia del fotógrafo para tomar la instantánea en el momento preciso. El autor de la que aquí aparece es Manuel Sanchís, Finezas, hijo del que fuera mozo de espadas de Granero y luego gran fotógrafo del mismo apodo. Dicha foto, que le dio al reportero gráfico dinero y nombradía, robusteció aún más su fama al ser transformada en cartel de toros por obra y gracia de los pinceles de Juan Reus; cartel que fue fijado por vez primera, en Valencia, el día de la alternativa de Julio Pérez, Vito, –1 de septiembre de 1946–, cuyo padrino fue el propio Arruza, siendo testigo de la misma El Choni.

     Ese fue el encumbramiento de una suerte que, realizada como antesala del remate, ha alcanzado con intermitencias los tiempos actuales, donde ha evolucionado, llegándose incluso a dar de rodillas, como la han practicado, entre otros, Alejandro Talavante y Roca Rey.