Por Santi Ortiz
Se autodenominan progresistas, aunque para ello tengan que lavarse a diario la memoria con agua de rosas para disimularle los hedores que les deja el pasado. Son maestros en pasar página y alzan la voz –por su acento los conoceréis– como si no tuvieran nada de qué arrepentirse. Son tan esperpénticos que merecerían se les diera una vueltecita por el madrileño callejón del Gato para que su juego de espejos curvos les mostrara su auténtica imagen. O, simplemente, caricaturizarlos, como le hizo Boadella con su Tabarnia soberana al fatuo independentismo catalán. Yo no soy capaz. En este caso, hay mucha sangre derramada, mucho luto, mucho dolor, mucho silencio, muchas lágrimas, mucho miedo, mucho odio, en las huellas que les preceden, como para frivolizar con befas y epigramas.
Un parlamentario electo por Bildu, y líder de Sortu, Arkaitz Rodríguez, no tuvo problemas en declarar, hará diez días, que Bildu iba a Madrid “para tumbar definitivamente el régimen”. Y a Madrid llegó su portavoz, Mertxe Aizpurua, además de para darle palmaditas en la espalda al Ministro de Cultura, a tumbar en el Congreso de los Diputados, no el régimen, pero sí el toreo.
De su perorata antitaurina –nunca voz, siempre un eco de lo que hemos escuchado una y mil veces hasta la saciedad–, me voy a detener en tres cosas. La primera no merece más que un somero comentario; las otras dos, por el contrario sí son dignas de una respuesta más pormenorizada.

